J. G. Fichte, La honradez en el estudio




 [Este texto corresponde a una conferencia pronunciada por el autor en el contexto de un ciclo, publicado posteriormente con el nombre de La naturaleza del sabio. Eso explica las alusiones a conceptos expresados con anterioridad. La traducción es de Eduardo Ovejero y fue publicada en 1913. Recientemente, Cypress la ha reeditado en formato impreso].

Aquel que verdaderamente está destinado a ser sabio, a llegar al conocimiento de la idea divina con la claridad y la influencia sobre el mundo que en sus determinadas circunstancias le sea dado conseguir, se sentirá irresistiblemente arrastrado por esta idea hacia el cumplimiento de su fin.

Hemos tratado de la esencia del verdadero sabio y de la descripción del sabio en formación o estudioso.

Cuando éste se siente realmente dominado por la idea, o lo que es lo mismo, cuando tiene verdadero genio o talento, se eleva por encima de nuestras prescripciones o preceptos: aun sin nuestra acción alcanzará ese talento su destino; también hemos tratado de este punto en la última conferencia.

Pero, como también dijimos, el estudioso no sabe (ni puede saberlo de los demás) si posee el verdadero genio en el sentido que hemos dado a esta frase, por lo que deberá conducirse como si, en efecto, lo poseyese. El propio talento, de poseerlo, no procedería de otra manera. Uno y otro deben coincidir en la aplicación, en la honradez, en el estudio.

De las notas que distinguen al sabio en lo que respecta a la formación, la honradez en el estudio es la más incontrovertible. Así pues, el honrado estudiante es para nosotros el verdadero estudiante, y ambos conceptos en el fondo son idénticos.

La integridad en general es parte de la idea divina, es la idea divina en su forma más corriente, a la cual pueden aspirar todos los hombres. Obra como tal idea divina por su propia fuerza; en ella no toma parte el interés personal del individuo, es más, este mismo interés personal se ve atropellado; se funde, como hemos dicho del sabio, con su propia vida, formando en él un impulso irresistible que conduce todos sus pensamientos y acciones. A todas sus acciones, decimos, pues la integridad como idea es una acción práctica, exterior y aparentemente libre del hombre; en cambio, el genio obra interiormente sobre la inteligencia. El que realmente posee talento estudiará con verdadera integridad y de todas partes brotará para él la luz y la claridad sobre las materias que estudia; el que solamente posee integridad no podrá prometerse un feliz resultado, pero no dependerá de él conseguirlo o no, y hará todo lo que en su mano esté para conseguirlo: si no obtuviera éxito, por lo menos se habrá hecho digno de él.

La integridad, como pensamiento hecho vida, se eleva por encima de la personalidad de aquel en el que mora y le considera como existente bajo una determinada ley para un determinado destino y como medio para un fin elevado. El hombre debe ser algo y hacer algo, su perecedera vida debe dejar tras de sí algún resultado imperecedero en el mundo del espíritu; cada individuo, cada vida individual exige un resultado especial, que sólo a él se le revela; así concibe la integridad toda vida personal del hombre en el tiempo, y en especial la que más de cerca le toca: la suya propia. De este concepto, parte a él retorna y de él nacen todos sus restantes conceptos. Sólo en cuanto obedece a aquella ley y a aquel destino que reconoce como propios, puede sufrir los dolores y contrariedades de la vida, la vida misma; todo lo que le puede apartar de aquel fin y no le sirva como medio para alcanzarlo, lo mirará con desprecio, lo rechazará y aun deseará destruirlo. Considerará su persona individual como un pensamiento divino, y así como la divinidad le piensa, así será su destino y el fin último de tal destino. Esta es, a grandes rasgos, la idea de la integridad, con independencia las palabras que se empleen para expresarla.

Ya hemos dicho que la mera integridad no puede asegurarse un éxito feliz, cualquiera que sea la esfera de su acción, aunque en ella se manifiesta la fuerza independiente y segura de la idea misma, y el íntegro encuentra en su propia integridad el éxito que persigue. Cada vez le será más fácil y natural conducirse honradamente y luchar contra los influjos contrarios, llegando a constituir en él la honradez una segunda naturaleza. Cumple con honradez tus propósitos, por ejemplo, el estudiar si eres estudiante, y abandónate a Dios; en cuanto al resultado y la manera de abandonarte en manos de Dios, es entregarte al estudio con absoluta integridad, limitándote a procurar sólo esta misma integridad en el estudio, y conseguirás indefectiblemente la calma imperturbable y la íntima alegría de una conciencia sin tacha.

Como queda dicho, la integridad considera su vida personal y libre como sometida fatalmente al eterno pensamiento de Dios; el estudiante íntegro se considera a sí mismo como destinado por el pensamiento divino a penetrarse de la idea divina y a revelarla con perfecta claridad al mundo que le rodea. Así concibe su destino, pues en esto consiste la esencia de la sabiduría; y cuanto más persuadido esté de que la idea divina preside su vida y que debe dirigir a la investigación de la idea todos sus actos, tanto mayor convencimiento tendrá de que Dios le destina a la sabiduría. Nada importa que hayamos elegido nuestra profesión con más o menos libertad. ¿Cómo podríamos tener en los primeros años de vida –una época en que, por lo general, se elige una profesión– la madurez y el juicio suficientes, la conciencia de que poseemos capacidad para éste o el otro oficio, si esta capacidad no se ha desarrollado aún? Cuando llegamos a la edad de la reflexión, la elección de estado ya está hecha, y ello sin nuestro concurso, porque no podíamos darlo, y ahora no podemos volver atrás; esta necesidad equivale a la idea de Dios, que nos lleva por un determinado camino. Si la culpa es de otro o nuestra, el caso es el mismo. La voluntad de Dios nos impulsa por un camino determinado, y en él debemos hacer lo que estimamos como nuestro deber. Nuestro destino es estudiar; entonces la voluntad divina quiere que nos consideremos como futuros sabios y que hagamos todo aquello que a la sabiduría nos conduzca.

A todo el que empieza a estudiar, debe asaltarle este pensamiento: “Yo, quienquiera que sea y me llame como me llame, yo, esta determinada persona, he venido al mundo para levantar un lado del velo que Dios ha puesto al enigma del mundo. Sólo este fin ha de llenar toda la actividad de mi persona, y todo lo que no sea este fin y los medios a que él conducen he de considerarlo como sueño, como sombra, como nada; sólo esto es lo imperecedero y lo eterno en mí, todo lo demás desaparece en la nada, de lo cual sólo en apariencia ha salido, pero no en realidad”. Este pensamiento llenará toda su alma, ya se revele en ella o no con claridad; todo lo demás, todo lo que en su mente se revele, todo lo que desee, todo lo que quiera, nacerá de este pensamiento como de su primera premisa, se explicará por él y se considerará posible por la hipótesis de dicho pensamiento.

A causa de este primer principio de todo su pensar se tendrá a sí mismo, y tendrá al objeto de su actividad, la ciencia, por más digno y sagrado que todas las demás cosas. No quiere decir esto que se enorgullezca por la excelencia de su destino, por el hecho de colaborar en la idea divina y realizarla en el mundo, considerando los demás destinos de los hombres como menos estimables que el suyo. Si nuestro destino nos parece más elevado que el de los demás, no es precisamente por la mayor excelencia de nuestro individuo, sino porque en nosotros aparece con más pujanza la idea divina. El hombre no tiene más valor propio que la mayor escrupulosidad con que cumple sus deberes, cualquiera que sea la clase de éstos, y en esto se igualan todos los destinos humanos, independientemente de la función que el azar les asigna. Además, el sabio en formación ignora si realizará la idea divina, el objeto de sus estudios, y, por tanto, si aquel destino del que se enorgullece es el suyo: sólo puede suponer su posibilidad. Es verdad que el sabio consumado, del cual no hablamos ahora, una vez conseguido el triunfo puede reconocer la legitimidad de su destino; pero también para él duran las exigencias de la idea por que está poseído y de su realización durante todo el curso de su vida, por lo que no tendrá tiempo de hacer consideraciones sobre la excelencia de su destino, aun cuando estas por sí mismas no fueran ya vanas. Todo orgullo se funda en que se cree ser de una manera fija y definitiva, y por ello mismo todo oгgullo es vano y contradictorio, pues precisamente nunca se es nada fijo ni definitivo, pues siempre estamos en continuo devenir. Nuestro verdadero e inmediato ser en la idea divina aparece incesantemente como aspiración a un devenir, y, por consiguiente, como protesta contra nuestro ser actual, y de este modo la idea nos hace modestos y nos obliga a inclinarnos ante su majestad en el polvo. El orgulloso demuestra por su mismo orgullo que está más necesitado que otro alguno de humildad, pues al creer ser algo, demuestra claramente que no es nada.

El estudiante, por tanto, se tendrá a sí mismo por más digno que los demás, no en consideración a lo que es, sino en consideración a lo que debe ser y siempre deberá ser. La vergüenza del hombre consiste precisamente en que se convierta en medio para fines perecederos y temporales, y se afane y trabaje por otra cosa que por lo imperecedero y eterno. En este sentido, cada uno de nosotros debe esforzarse por hacerse más digno y más santo, y aún más que nadie todo el estudiante.

¿A qué fin, ¡oh estudiante juventud!, empleas tu aplicación, ya sea mucha o poca, siempre fatigosa, en el estudio de las ciencias? ¿A qué fin recoges tu atención, que de tan buena gana dejarías vagar, y renuncias a tantos placeres que de buena gana disfrutarías? Me contestarás: para forjarme un porvenir, para asegurarme una posición, paгa disfrutar algún día de una renta adecuada a mi condición, para que mis conciudadanos me estimen, para poder realizar mis deseos más fácilmente. Y yo te pregunto: ¿quién es ese yo por el cual te interesas tan vivamente, por el cual trabajas ahora y te sacrificas? Es aún muy dudoso que logres realizar tus esperanzas; pero supongamos que las realizas: ¿que será, al fin, de todo? Todos los cuidados tienen un fin, y el cuerpo, objeto de todas las solicitudes, al fin decae y se convierte en un montoncillo de ceniza. ¿Y para eso quieres continuar esta monotonía de la vida que se renueva diariamente en la misma forma y aumentar la carga que ya de por sí constituye con nuevos cuidados y trabajos? Mejor sería empezar la novela por el fin y acostarse desde luego en el lecho de muerte, al cual, tarde o temprano, tendrás que dirigirte. También puedes contestar a mis anteriores preguntas con estas jactanciosas palabras, pero no más profundas: “Quiero ser útil a mis semejantes y trabajar por su bienestar”; y entonces te preguntaría yo: ¿de qué servirá esa utilidad tuya? Dentro de unos cuantos años no quedará nada de aquellos a quienes tú quieres ser útil ‒y a los que sin duda te concedo que lo serás‒, como no quedará nada de tu misma utilidad. Has empleado tu actividad en un fin perecedero; ellos perecerán, y tú con ellos, y llegará un tiempo en que no quede huella de vosotros. No así el estudiante íntegro, si a sus trabajos imprime siempre el principio de la integridad. “Yo existo ‒se dirá‒, pero en cuanto existo, existo por una idea divina, pues sólo ella es la fuente de la existencia, y fuera de ella no hay existencia posible. Lo que yo en ese pensamiento y por ese pensamiento divino soy, lo soy fuera del tiempo, antes y después de los tiempos, y lo seguiré siendo a despecho de los cambios del tiempo. Esta ha de ser mi divisa; en esta dirección he de emplear todas mis fuerzas, pues serán así aplicadas a lo eterno, y su resultado será eterno. Soy eterno, y una de las notas de lo eterno es desaparecer para lo temporal”.

Por este mismo principio dignificará el estudiante el objeto de su actividad, o sea, la ciencia. En sus primeros pasos se hallará frente a muchas ciencias que le parecerán raras y caprichosas, insignificantes y sin objeto; no podrá comprender la razón de su necesidad, su relación con la totalidad de la ciencia ni con las demás ciencias particulares. ¿Y cómo podría ser de otro modo, si estas ciencias sólo se justifican por el todo del que son parte, y este todo es desconocido para el estudiante que empieza? Algunos las despreciarán y rechazarán por inútiles; otros, dotados de más fe, las aprenderán mecánicamente, en la esperanza de que tengan alguna utilidad; pero el estudiante íntegro las admitirá por la idea que tiene de la totalidad de la ciencia. Lo que de ellas comprenda, será por la parte de idea divina que le ha sido revelada, y en relación con el asunto que constituya su especialidad, esto es, en el cual lo eterno se manifieste y tome una forma en él. Al que carezca de talento y de integridad, las ciencias le parecerán meros medios para alcanzar fines terrenales; pero aquel que se consagre a su estudio con un corazón honrado, considerará no sólo aquellas ramas de la ciencia más elevadas y sublimes, sino las más humildes e insignificantes, como manifestaciones de la idea de Dios pensadas en relación con él y expresamente para él, para que en él culmine y se complete la obra de Dios.

Y de este modo se dignifica cada vez más su persona por la santidad de la ciencia y la ciencia por la santidad de su persona. Toda su vida, por humilde e insignificante que parezca exteriormente, encontrará en su interior otro sentido mucho más profundo. El resultado de la vida humana es siempre una vida divina. Y para participar de esta última vida no basta ni hace falta, ni al estudiante ni a nadie, un talento especial, sino sólo una buena voluntad, voluntad que encierra en sí el pensamiento de nuestro alto destino, de nuestra subordinación a las leyes eternas, y todo lo demás que de estos dos conceptos se deduce.

 


En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.




FUENTES

Cicerón

Séneca

Gregorio de Nisa

Isidoro de Sevilla

Ramon Llull

Francesco Petrarca

Leonardo Bruni

Lorenzo Valla

Leon Battista Alberti

Guillaume Budé

Girolamo Savonarola

 Marsilio Ficino

Giovanni Pico della Mirandola

Charles de Bovelles

Antonio da Barga

Ambroise Paré

Pierre de Ronsard

Juan Luis Vives

Marco Antonio Camós

Pietro Pomponazzi

François de Rabelais

Francisco Sánchez

Cornelius Agrippa

Pierre Charron

Blaise Pascal

Alexander Pope

François-René de Chateaubriand

TEMAS

Tradición y fuentes del humanismo

[γνωθι σεαυτόν] Historia del precepto délfico: de Sócrates a Minucio Félix

De los dioses antropomorfos grecorromanos al hombre teomorfo cristiano

Poetas y sabios en la Grecia arcaica

Las razones del humanismo contra la ciencia: el caso de Sócrates

Platón y el destino del hombre

La naturaleza dual del hombre en el Asclepio

La idea renacentista de Antigüedad cristiana

La impronta cristiana en el concepto de dignitas hominis en el Renacimiento italiano

Petrarca en sus invectivas: un águila de dos cabezas

"Guiados por gracia celestial": el humanismo cristiano y el legado grecolatino

La batalla del ciceronianismo en el Renacimiento italiano

La cultura del parricidio. La Modernidad contra la tradición

Humanismo renacentista y humanismo marxista

Humanismo y existencialismo

Humanismo y tradición a la luz de la hermenéutica

Del anti-humanismo al humanismo del otro hombre



OBRAS Y AUTORES

Sócrates: un enigma ante el espejo

Cicerón, padre del concepto humanitas

El humanismo de Publilio Siro en sus sentencias

Petrarca, ¿humanista cristiano?

Salutati y la naturaleza de la sabiduría humana

Juan de Lucena y el De vita beata

Janus Readers: los lectores de Panonio

La noción de la felicidad del hombre en el Palinurus de Maffeo Vegio

Ficino: religión cristina y teología humanista

Erasmo: "Monachatus non est pietas"

Rudolph Agricola, "padre" del humanismo germánico

Castellio y la idea de tolerancia en el siglo XVI

En torno a los diálogos de Antonio Brucioli

Comenius y la disciplina de hacerse humano

Los humanismos del Quijote

Los Discursos filosóficos sobre el hombre, de Juan Pablo Forner


REFLEXIONES

Volver al hombre

La tradición traicionada

Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo

Sobre la utilidad y el perjuicio del saber para la vida

Rehumanismo contra antropoclastia. Diez notas distintivas del hombre

Razón humanista frente a ideología humanitaria 

Conocimiento y dignidad humana en el siglo XXI

Humanismos del siglo XXI

Posthumanismo: el suicidio asistido de Europa

En defensa del viejo humanismo


ENTREVISTAS

Luis Frayle Delgado 

Jesús Cotta

Carlos Marín-Blázquez

Armando Pego Puigbó

Javier García Gibert

Javier Recas

Antonio Barnés

Manuel Neila



RESEÑAS












VÍDEOS