Muerte espiritual, amigo –dijo el
ermitaño–, hay cuando el alma se desvía del fin para el cual fue creada, esto
es, cuando olvida e ignora y desama a Dios, y cuando recuerda y entiende y
desama a Dios. (242)
Al abordar la prolija crónica de la dignitas hominis, suele prestarse muy escasa atención a la Edad
Media, a la cual se tacha de teocéntrica y,
en cuanto tal (en una dupla tan poco rigurosa conceptualmente como falsa
históricamente), se nos quiere hacer creer que escéptica respecto a la
excelencia del hombre, a su ubicación en el cosmos y a la importancia que debe
asignarse a sí mismo, en comparación con una divinidad mayestática, remota y
apabullante. Para avalar dicha tesis, se echa mano del tratado de Lotario di
Segni, De la miseria de la condición
humana, donde se consignan los innumerables males que nos acompañan desde
el día en que nacemos, y que hacen de nuestra especie el emblema de la
ignominia sobre la tierra. Obvian quienes así se conducen que el autor de dicho
tratado tenía en mente componer otro acerca de la dignidad del hombre, el cual
muy probablemente (dado el método empleado en la redacción del primer tomo)
habría consistido en una recopilación de
citas escriturarias, esta vez a nuestro favor; de hecho, no otra cosa hicieron
Antonio da Barga, Bartolomeo Facio y Giannozzo Manetti cuando, en el siglo XV,
se pondrían manos a la obra para escribir sus respectivos encomios en defensa
de la dignidad del hombre.
Pues bien, no es preciso salirse de
los márgenes cronológicos del Medievo para encontrar un magnífico abogado de la
especie humana; me refiero al filósofo español Ramon Llull quien, en su Libro de las maravillas, tuvo a bien
incluir un extenso tratado “Sobre el hombre”, escrito entre 1287 y 1289 (o sea,
casi un siglo después del libro de Lotario), que aquí vamos a glosar por cuando
rebate la perspectiva más arriba apuntada, manifestándose así como un documento
de primera magnitud digno de figurar en la particular tradición de la dignitas hominis.
El libro narra el viaje iniciático de
Félix, el hijo del autor, en busca del conocimiento y de la comprensión tanto
del orden del mundo como del papel que debe desempeñar en él, en cuanto persona
libre y racional. Para ello, entra en diálogo con multitud de filósofos y
ermitaños que le ilustran acerca de la doctrina adecuada para dicho fin, la
cual, como es natural, coincide con la del propio Llull. En el curso de la
exposición se interpolan abundantes cuentos de naturaleza alegórica con el
propósito de ejemplificar los
conceptos –no poco abstrusos, en muchos casos– que se manejan. Aquí vamos a
centrarnos en las bases de la antropología luliana, dejando de lado dichas
incrustaciones narrativas, cuya funcionalidad se explica por el carácter
divulgativo de la obra, no en vano escrita originalmente en lengua romance
(catalán).
Como no puede ser de otra manera, el
tratado se inicia con el epígrafe titulado “Qué es el hombre”, al cual el autor
(XLIV) responde que “hombre es ser unido de alma y de cuerpo, en el cual hay
vegetación, sensualidad, imaginación, razón y movimiento”. (1)
Por la razón tiene el hombre alma
racional, y ésta es creada nuevamente cuando se une con el cuerpo; mas la
vegetativa, sensitiva e imaginativa son engendradas por el padre y la madre del
hombre. Esta razón es de tres cosas, a saber, memoria, entendimiento y
voluntad, y las tres juntas son un alma, que es racional. Por la memoria tiene
el hombre recuerdo de las cosas pasadas; y por el entendimiento tiene el hombre
conocimiento; y por la voluntad tiene el hombre inclinación a amar y desamar
las cosas. (pág. 233)
Que la primacía en el hombre la ostenta el alma racional queda clara al afirmar que “señorea sobre todo lo que hay en el hombre por vegetación, sensualidad e imaginación”. Por lo demás, la división del alma racional en tres facultades, de raigambre agustiniana, resultará esencial en el desarrollo de la exposición, según veremos más adelante.
Félix, que adopta en todo momento el papel de inquisidor (aunque formulando preguntas perfectamente pertinentes, incisivas y plenas de sentido común, y no meras palancas para el lucimiento de su interlocutor), quiere conocer el motivo por el que el hombre, que “está en tan noble disposición por creación” (pág. 228), sin embargo, “no tiene conocimiento del fin por el que es hombre”, mientras que el perro, por ejemplo, sí lo tiene. Este aspecto es de vital importancia, ya que expone de manera radical nuestra conciencia de que, al nacer, nos encontramos ante un enigma que debemos resolver: el del sentido de nuestra existencia, el cual –¡incluso en plena Edad Media!– se nos presenta como una incógnita a despejar, y no como un espacio determinado de antemano por factores exógenos: género, raza, clase social o cualquier otra. La vida humana arranca privada de sentido previo, o al menos no se nos manifiesta de manera evidente, y es nuestra responsabilidad dotarla de él (o descubrírselo, eso lo debatiremos en su momento). Pues bien, en la elucidación del sentido de la vida, o lo que es lo mismo, del fin para el cual venimos a la existencia, contamos con nuestra libertad, que es la consecuencia lógica y necesaria del hecho de que ni lo uno ni lo otro nos hayan sido revelados desde el principio, y dicha libertad pasa necesariamente por el ejercicio correcto y bien orientado de nuestra voluntad, que rige sobre las demás facultades del alma:
Dios ha dado al hombre libre albedrío, que depende más de la voluntad que del entendimiento: y por eso la voluntad tiene la propiedad de mandar al entendimiento, y el entendimiento tiene la propiedad de manifestar bien o mal a la voluntad, para que la voluntad ame el bien y desame el mal, y ame mucho el bien y mucho desame el mal. (pág. 265)
Ahora bien, que el sentido (o el fin) de la vida no se nos
presente de un modo claro al nacer no significa que carezcamos de brújula para
orientarnos en ella. Y esa brújula es la voluntad de Dios, de manera que “la
voluntad del hombre ha sido creada para querer todo lo que quiere la divina
voluntad” (pág. 248). En un alambicado argumento, que resuelve una incógnita
con otra aún más compleja, al menos ya tenemos claro que la libertad del hombre
no consiste en el ejercicio de una hipotética soberanía personal, de manera que
nuestros caprichos fuesen la unidad de medida de nuestra conducta. Dios espera
algo de nosotros, y no cualquier cosa:
Hijo, bondad de hombre reside en
recordar, entender y amar a Dios; y maldad reside en lo contrario. Y gran
bondad de hombre reside en mucho recordar, entender y amar a Dios; y gran
maldad reside en lo contrario. ¿Sabes, hijo, por qué la bondad del hombre
reside en recordar, entender y amar a Dios? Porque el hombre fue creado y hecho
para recordar, entender y amar a Dios; y pues es buena cosa recordar, entender
y amar a Dios, por eso es el hombre bueno cuando hace aquello para lo que ha
sido hecho y creado; y pues mala cosa es no hacer aquello para lo que ha sido
creado, por eso es el hombre malo cuando recuerda y entiende y desama a Dios, o
cuando no recuerda ni entiende ni ama a Dios. (pág. 262)
Esta disposición de las cosas no implica un teocentrismo
tiránico, ya que no priva al hombre de su voluntad; antes bien, pone en sus manos
la decisión de servir o no a Dios, y con ello de salvarse o condenarse. De
algún modo, al crear al hombre tal y como es (libre), Dios ha abdicado de su
poder absoluto para transferírselo, al menos en lo que a su suerte última concierne
y de una manera condicionada (no absoluta), a su criatura:
Dios ha humillado su honra y su poder
al hombre, por cuanto ha dado poder al hombre para que le pueda honrar o
deshonrar, o hacer honrar o desamar en este mundo. (ibíd.)
El teocentrismo de Llull es un antropocentrismo (y
viceversa); de hecho, ambas instancias, Creador y criatura, se necesitan y se
complementan, aunque no se confunden ni se permutan sus respectivas jerarquías:
Dios sigue siendo el Señor de la Creación, pero el hombre es... el señor de su
vida. Dios quiere que la voluntad humana se ajuste a la divina, pero no quiere
(aunque podría) evitar que no lo haga. Eso sí, el ejercicio adecuado de la
libertad tiene una recompensa, que es la vida eterna, y un castigo si no lo es.
Cuando la voluntad del hombre se ajusta a la divina,
entonces sigue la vía por la que debe
ir hacia la perdurable bienaventuranza; y cuando hace lo contrario, entonces se
desvía del fin para el que fue creado y va por vía por la cual se dirige hacia
pena infernal, que nunca tiene fin. (pág. 245)
De este modo, se conjugan y respetan la libertad individual
y la disposición divina, algo a lo que (por supuesto) un perro no puede
aspirar, ni siquiera un gato. Dios ha puesto al hombre es el centro de la
Creación, pero en justa reciprocidad el hombre ha de reconocer a Dios como el
centro de su vida:
Hijo, el firmamento, el sol, luna,
estrellas, elementos, plantas, pájaros, peces, animales, y todas las cosas
corporales, son buenas en el hombre, pues todas las ha creado Dios para servir
al hombre, y sin el hombre nada valdrían; y el hombre es bueno en Dios, porque
el hombre ha sido creado para servir a Dios y hacer su voluntad, y sin Dios el
hombre nada valdría. (pág. 265)
Sea como fuere, y una vez establecido el marco abstracto en
el cual debe desenvolverse la vida que se
quiere buena, aún quedan por esclarecer los términos concretos en que ha de
ejercerse el libre albedrío, pues de no hacerlo se arroja al individuo a una
interpretación personalísima de los contenidos de su libertad (incluso si
durante su ejercicio dice estar ajustándose a la voluntad divina, como por lo
demás suelen hacer los cínicos y los dementes). Pues bien, Ramon Llull no deja
lugar a dudas, y para orientar a Felix por el buen camino le recomienda la
lectura de otros libros suyos, en los cuales plasma y glosa los principios de
la fe católica:
Dios quiere que el hombre sea bueno al
creer y al saber los catorce artículos por los cuales discurre nuestra santa fe
romana, de los cuales podrás, hijo, tener conocimiento en el Libro del gentil, en el cual puedes
conocer las siete virtudes por las cuales es el hombre bueno cuando las ama; y
en cuyo libro vienen los siete vicios, que hacen al hombre malo cuando los ama.
Además, es el hombre bueno cuando observa los diez mandamientos y los siete
sacramentos, y cuando agradece a Dios los siete dones que el Espíritu Santo da;
y todo eso está tratado en el Libro de
doctrina pueril. Y cuando el hombre
obra contra estas cosas, es malo y es a Dios desagradable. (pág. 263)
Para orientarse en el proceloso mar de la vida, el hombre
debe contar con un instrumento algo más preciso que una apelación genérica a
ajustar su voluntad personal a la divina, y este instrumento es la conciencia:
Conciencia es aquella natura
intelectiva por la cual el alma siente que se inclina contra la final intención
para la cual es creada; y esta natura ha creado Dios en el alma del hombre para
que el alma conozca aquellas cosas que hace según Dios o contra Dios. (pág.
394)
La dignidad del hombre, pues, consiste en ejercitar
adecuadamente (es decir, de acuerdo con el fin para el que fueron creadas) las
tres facultades del alma racional, que son la memoria, el entendimiento y la
voluntad; y el fin para el que fueron creadas es Dios:
Toda la
libertad de la dignidad humana se debería convertir y volver a recordar,
entender y amar a Dios, cuando ocurre que hace lo contrario, por eso cae en
servidumbre de pecado, pues es contraria a la semejanza y al carácter que ha
recibido de Dios, teniendo su semejanza en libertad. (pág. 338)
El libre albedrío resulta fundamental, pues “conviene que
el hombre tenga libertad para poderse salvar, mas por gracia de Dios, o para poderse condenar; pues si libertad
no tuviese, la justicia de Dios no podría obrar rectamente en el hombre, cuyo
no poder es cosa imposible” (pág. 387). Por lo tanto, sólo Dios salva –alejando
así cualquier sombra de pelagianismo–, pero el hombre debe postularse para
merecer dicho galardón ejerciendo su libertad de manera acorde a su dignidad.
Ahora bien, ¿en qué consiste exactamente la salvación para Ramon Llull? Pues
bien, no sólo en una subsistencia espiritual más allá de la muerte, sino en la
resurrección misma, y ello por necesidad, ya no teológica o religiosa, sino
teleológica: “conviene que el hombre resucite; pues, si no lo hiciese,
perderíase el fin para el que el hombre es creado” (pág. 430):
Si ocurriese que el hombre no
resucitase, seguiríase que la eternidad de Dios no hubiese dado su semejanza al
hombre en duración y bondad y grandeza de Dios influyesen más su semejanza en
el hombre que eternidad, y seguiríase que el hombre, por achaque de eternidad,
no pudiese amar y conocer perdurablemente a Dios, lo cual es imposible; por cuya imposibilidad la resurrección es
demostrable. (ibíd.)
Se detecta aquí cierto ergotismo medieval, que fuerza la
secuencia de los razonamientos para salirse siempre con la suya. Extraña que un
autor cristiano no apele a una instancia infinitamente más persuasiva, la de la
fe: si Cristo anunció “la resurrección de los justos” (Lc 14:14), ¿qué mayor
prueba puede uno necesitar? Se lee en los Evangelios: “Yo soy la resurrección.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no
morirá jamás” (Jn 11:2526). ¿Para qué añadir nada más? Bien, pues Llull se
esmera en buscar y encontrar argumentos de apariencia racional para avalar lo
que se justifica por el hecho de haber sido anunciado por el Salvador:
Porque la
justicia de Dios es grande, conviene que el hombre resucite, pues, si no lo
hiciese, seguiríase que el hombre no tuviese mérito, ni culpa, y que el hombre
no fuese recompensado por el bien, ni fuese castigado por el mal, y la justicia
no tendría gran uso de juzgar al hombre, sino que sería poco su uso, puesto que
no juzgaría al hombre y debiera juzgar al hombre; y este poco uso es imposible.
Natural apetito es que el hombre ame más ser hombre que ser alma solamente; y
si el hombre justo ama ser hombre y después de su muerte nunca fuese hombre, y
el hombre es mayor cosa que sólo alma, seguiríase que, si no hubiese resurrección, la semejanza que la voluntad de Dios, que
es grande, influye en el hombre sería contraria a la grandeza de voluntad del
hombre justo; cuya contrariedad es imposible. (pág. 430) La cursiva es mía
Sin duda, Llull tenía más de filósofo que de predicador, y
su escrúpulo racionalista acabó imponiéndose a su necesaria credulidad como
creyente. No pretendemos aquí enmendarle la plana a un sabio de los que pocos
ha habido en la historia. Pero no deja de llamarnos la atención este empeño
demostrativo, cuando el propio autor afirma que “la fe es luz para el humano
entendimiento, pues la fe supone lo que el entendimiento no entiende” (pág.
269).
El Libro
de las maravillas es un volumen muy extenso que plasma la aspiración
enciclopédica característica de Ramon Llull, de manera que no se limita a
glosar los fundamentos de la dignidad del hombre, sino que se ocupa en
describir todos aquellos aspectos que le son concomitantes, desde los más
afines a la reflexión filosófica clásica (la oposición entre vida activa y la
contemplativa) hasta los de índole más práctica (por qué los hombres quieren tener
hijos, por qué están sanos o enfermos, o de qué modo debemos usar de los
placeres sensoriales para no dejarnos arrastrar por ellos), pasando por otros
reservados al ámbito estrictamente religioso (la penitencia, la confesión, la
oración, la limosna). Cabe mencionar una parte central dedicada a la reflexión
de carácter moral, en la cual el autor organiza los distintos conceptos por
pares de opuestos: humildad y orgullo, castidad y lujuria, templanza y gula,
riqueza y pobreza. Como es natural, se trata de ponderar las ventajas de
observar una conducta moderada, no sometida a las pasiones, de manera que la
existencia terrenal puede discurrir por los cauces más adecuados para la
dignidad humana. Es especialmente en este bloque donde Llull se prodiga en
multitud de exempla, de manera que
los principios morales se encarnen en historias protagonizadas por personas de
carne y hueso, evitando así la impresión de una reflexión demasiado abstracta.
Y es, como señalamos más arriba, el Libro
de las maravillas es una obra concebida para un público amplio, no
especializado ni versado en disquisiciones teológicas o filosóficas.
En cualquier caso, el espíritu de la
obra cabe considerarlo estrictamente humanístico y digno de merecer en un
estudio como este, dedicado a la tradición occidental de la dignitas hominis, por cuanto aborda
aquellos aspectos que estimo fundamentales para poder inscribirse en ella: una
reflexión acerca de la naturaleza del hombre, de su ubicación en el cosmos y de
la finalidad de la existencia individual desde una perspectiva metafísica, y no
meramente biológica (pues para esta, huelga decir, todo está condenado a la
extinción, sin más contemplaciones).
_________
(1) Ramon Llull, Obra escogida. Traducción de Pere Gimferrer. Barcelona, Penguin Classics, 1981. Edición digital, 2016, pág. 226. Las citas que siguen se refieren a esta edición y la paginación se consigna in situ.
(Capítulo del libro de José Luis Trullo, Dignitas. Una apología del humanismo clásico. Thémata, Sevilla, 2024).
En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.
François-René de Chateaubriand
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