Pomponazzi y la naturaleza indeterminada del hombre

 

El De immortalitate animae (Sobre la inmortalidad del alma), la obra más conocida del filósofo italiano Pietro Pomponazzi (Mantua, 16 de septiembre de 1462–Bolonia, 18 de mayo de 1525), fue publicada en 1516. Publicamos, en traducción de José Luis Trullo, los dos primeros capítulos, en los cuales parece abonarse a la conocida tesis de Giovanni Pico della Mirandola acerca de la naturaleza indeterminada del hombre aunque, como luego se verá a lo largo de la obra, en el caso del mantovano se tratamenos de una convicción metafísica cuanto de una afirmación estratégica para abordar el tema que realmente le interesa: la refutación de la creencia en la "inmortalidad del alma", tal y como era común en su época.



Capítulo I. Se muestra que el hombre posee una naturaleza indeterminada y se encuentra en un puesto intermedio entre los seres mortales y los inmortales.

3. He estimado oportuno iniciar nuestra reflexión con esta constatación: la de que el hombre posee una naturaleza no simple, sino múltiple; no concreta, sino indeterminada, y que por ello ocupa un espacio intermedio entre los seres mortales y los inmortales. Por lo demás, esto se comprueba fácilmente si se examinan las operaciones propias de su esencia, pues gracias a ellas es como las esencias se dan a conocer.

El hombre lleva a cabo funciones propias del alma vegetativa y sensitiva que no pueden ejecutarse sin un instrumento corporal y caduco, como se afirma en el libro II de Sobre el alma, así como en el capítulo 3 del libro II de Sobre la reproducción de los animales; a causa de ello, el hombre participa de la mortalidad. Por otro lado, el hombre piensa y desea, y estas operaciones se desarrollan sin concurso de instrumento corporal, como se lee a lo largo de todo el libro Sobre el alma, en el capítulo 1 del libro I Sobre las partes de los animales y en el capítulo 3 del libro II Sobre la reproducción de los animales; ahora bien, estas operaciones comportan separabilidad e inmaterialidad, y ambas, a su vez, inmortalidad; por este motivo, el hombre debe ser incluido entre los seres inmortales.

Sin embargo, en base a estas consideraciones se puede extraer una conclusión, cual es la de que el hombre no posee una naturaleza simple (dado que incluye, por así decir, tres almas: la vegetativa, la sensitiva y la intelectiva) y reclama para sí una naturaleza indeterminada (dado que no es, por naturaleza, ni mortal ni inmortal, sino que abarca ambas naturalezas). Por ello acertaron los antiguos al ubicarlo entre las cosas eternas y las temporales, por el hecho de que no es ni plenamente eterno ni plenamente temporal: de hecho, participa de ambas naturalezas, y gracias a su ubicación intermedia le ha sido concedida la facultad de adoptar la que prefiera de ellas.

4. De esta posibilidad se deriva que se pueden encontrar tres tipos de hombres. De hecho, algunos (si bien sumamente escasos) se pueden contar entre los dioses: son aquellos que, capaces de dominar su parte vegetativa y sensitiva, se han convertido en racionales casi por completo. Otros, por su parte, han descartado el intelecto y se consagran únicamente a la parte vegetativa y sensitiva, transformándose prácticamente en bestias; tal vez era este el significado de la fábula de Pitágoras, quien explicaba que las almas humanas se reencarnan en distintos animales (2). Otros han sido definidos como hombres en sentido pleno, por haber vivido de manera moderada, observando las virtudes morales, sin dedicarse exclusivamente al intelecto ni abandonarse por completo a las funciones corporales. En cualquier caso, cada uno de estos tres tipos contempla una gran variedad de subtipos, como es fácil de constatar. A esto se refiere lo que dice el salmo: “Lo hiciste un poco inferior a los ángeles”, etc.

Capítulo II. Se exponen las interpretaciones según las cuales se puede entender esta multiplicidad de la naturaleza humana.

5. Hemos hablado de la naturaleza múltiple y doble del hombre (múltiple y doble, claro, no en cuanto a su composición en materia y forma, sino en relación con su propia forma o alma). Dado que inmortal y mortal son atributos opuestos, que no pueden ser predicados de un mismo sujeto, queda ahora por explicar cómo es posible que hayan sido asignados al mismo tiempo al alma humana, de manera que cada cual pueda, en buena lid, debatirlo. Comprender este punto no carece de importancia.

6. Así pues: o se admite una única naturaleza idéntica a sí misma, que al mismo tiempo sea mortal e inmortal, o bien dos diferentes. Si se acepta esta segunda hipótesis, a su vez la podemos interpretar de tres modos distintos: o existe un número de naturalezas mortales e inmortales equivalente al número de hombres (en virtud de lo cual en Sócrates habrá una naturaleza inmortal y una o dos naturalezas mortales, y así también en el caso de los demás hombres, de manera que cada cual poseerá una naturaleza mortal propia y otra inmortal); o se admite una única naturaleza inmortales común a todos los hombres, mientras que las naturalezas mortales se encontrarían distribuidas y multiplicadas en cada hombre; o, al revés, se admite una naturaleza inmortal multiplicada y una naturaleza común a todos.

7. Si se opta por la primera alternativa, es decir, que el hombre es mortal e inmortal gracias a una sola e idéntica naturaleza, y dado que no parece posible que en un sentido absoluto se prediquen atributos opuestos de un mismo sujeto, será necesario excluir la posibilidad de que una misma naturaleza sea mortal e inmortal; por el contrario, será por naturaleza inmortal, y solo en cierto sentido mortal; o bien, por naturaleza mortal, y solo en cierto sentido inmortal; o, por último, contendrá ambos atribudos únicamente de manera relativa, es decir, que será en cierto sentido mortal y en cierto sentido inmortal. Estas tres últimas interpretaciones permiten resolver la objeción de forma satisfactoria.


Pietro Pomponazzi, Trattato sull’immortalità dell’anima. A cura di Vittoria Perrone Compagni. Leo S. Olschki Editore, Florencia, 1999 (pp. 5-7)

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NOTAS


(1) Lógicamente, se refiere a las obras con ese título de Aristóteles.

(2) Diógenes Laercio narra que Pitágoras, defensor de la idea de la transmigración de las almas, “afirmaba haber sido antaño Etálides y haber recibido de Hermes el famoso don y refería la transmigración de su alma, y de qué modo había vagado sin rumbo y en qué vegetales y animales había revivido” (Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, VIII, 4. Traducción, introducción y notas de Carlos García Gual. Madrid, Alianza Editorial, 2007, pág. 418).

(3) El texto, según la traducción de la Biblia de Jerusalén, reza: “Apenas inferior a un dios le hiciste”.