Séneca y la finalidad de la vida humana

 


(En unas semanas aparecerá publicada una nueva traducción, a cargo del eminente latinista Luis Frayle Delgado, de tres tratados morales de Séneca. Avanzamos un fragmento de El ocio, donde el sabio cordobés plantea cuál es su concepto de la naturaleza humana, a partir del alto destino que le ha sido reservado: el de contemplar la creación y comprender sus mecanismos; una perspectiva que comparte con Aristóteles, claro está, y que se retomará en el Renacimiento llegando, metamorforseada, hasta nuestros días).


Solemos decir que el sumo bien es vivir de acuerdo a la naturaleza: la naturaleza nos ha engendrado para una doble finalidad: para la contemplación de las cosas y para la acción. Ahora probemos lo que acabo de decir. ¿Y qué vamos a probar? ¿No está probado esto si cada uno reflexiona consigo mismo acerca de cuánto deseo tiene de conocer lo desconocido, cuán ávida está su curiosidad de saber todas las fábulas? Algunos emprenden navegaciones y soportan con paciencia los trabajos de larguísimos peregrinajes por la sola recompensa de conocer algo desconocido y remoto. Este deseo de conocer lleva a los pueblos a los espectáculos, impulsa a explorar lugares desconocidos, a buscar lo más secreto, a estudiar la historia antigua o a escuchar con interés el relato de las costumbres de las naciones bárbaras. La naturaleza nos ha dado un ingenio curioso y consciente del arte y de su belleza, nos ha engendrado espectadores de tan grandes maravillas que habrían de perder su propio fruto si manifestaran a la soledad de los desiertos cosas tan grandes, tan preclaras, tan sutilmente producidas de mil maneras. Para que sepas que la naturaleza ha querido ser contemplada, no sólo mirada, observa qué lugar nos ha dado: nos ha puesto en el centro de sí misma y nos ha dado la visión en nuestro entorno de todas las cosas; y al hombre no sólo lo hizo erguido sino que lo hizo hábil para la contemplación, para que pudiera seguir con su mirada desde el orto hasta el ocaso a los astros que se deslizan, y volver su rostro en torno de sí con todo su cuerpo; le hizo una cabeza levantada y se la puso encima de un cuello flexible; después, produciendo signos seis veces por el día y seis veces por la noche, desenrolló todas las partes de sí misma, de manera que por aquellas cosas que había puesto ante los ojos suscitara el deseo de conocer las demás. Pues ni hemos visto todas ni tantas cuantas existen, sino que nuestro ámbito visual se abre a sí mismo una vía de investigación y pone los fundamentos a la verdad, de manera que pase de los descubrimientos a lo desconocido y descubra algo más antiguo que el mismo mundo: de dónde han salido estos astros; cuál era el estado del universo hasta que se separaron cada una de sus partes; qué razón dispersó lo sumergido y confuso; quién asignó su lugar a las cosas, de modo que por su naturaleza las pesadas desciendan y las ligeras asciendan; si además del impulso y peso de los cuerpos alguna fuerza superior ha impuesto su ley a cada uno, o acaso sea la máxima verdad aquello por lo que se prueba que los hombres son partes del espíritu divino y que, como chispas de los astros, han saltado a la tierra y se han establecido en un lugar ajeno. Nuestro conocimiento del cielo se abre paso entre los monumentos conmemorativos y no se conforma con saber aquello que se manifiesta; dice, por el contrario, “escruto aquello que está oculto más allá del mundo: si acaso, me pregunto, hay un espacio vasto y profundo, o esto mismo se encierra en su propios términos; en qué consiste la manera de ser de las cosas excluidas de nuestro conocimiento, si son informes y confusas [o bien] obtienen el mismo lugar para todas sus partes, o si han sido designadas para algún culto; si son coherentes con este mundo o bien son muy diferentes de él y dan vueltas en el vacío; si son individuos todo aquello por lo que se configura lo nacido y lo serán en el futuro, o por el contrario su materia es continua y por tanto mudable; si los elementos son contrarios entre sí o no se oponen, sino que están de acuerdo de diversos modos”.

El hombre, nacido para preguntarse por estas cosas, juzga qué poco tiempo le ha sido concedido, incluso si lo aprovecha todo para sí. Y, aunque no soporte que nada le sea quitado con facilidad, que nada se pierda por negligencia, aunque guarde con suma avidez todas sus horas y llegue hasta el final de la vida humana y la fortuna no destruya nada de lo que la naturaleza le asignó, sin embargo es demasiado mortal para el conocimiento de las cosas inmortales.

Por tanto, vivo de acuerdo a la naturaleza si me he dado todo a ella, si soy su admirador y devoto. Pero la naturaleza ha querido que yo hiciera una y otra cosa, obrar y dedicarme a la contemplación.