Para una vida justa y feliz


Javier Recas.- Se nos olvida con demasiada frecuencia el gusto de los antiguos griegos por las máximas, seguramente por el gran impacto de las imponentes catedrales conceptuales de Platón y Aristóteles. La sabiduría antigua tuvo gran predilección por la frase profunda y lapidaria, ya en verso (gnómica) como en prosa. Si pensamos en sentencias y máximas antiguas nos vienen enseguida a la mente los nombres de Heráclito o Epicuro, pero, seguramente, no Demócrito. Y, sin embargo, fue uno de sus más insignes cultivadores. La excelente edición y traducción de Alberto Martínez-Cordone, publicada por Cypress Cultura, viene a cubrir este lamentable olvido. Y lo hace con extraordinario rigor y claridad. En su pedagógico estudio introductorio nos recuerda la importancia de Demócrito en la filosofía griega (desde su famoso atomismo a su ética, objeto de sus máximas); nos habla del texto de las máximas, de sus fuentes, de su atribución y su temática, así como de la confusión generada con el nombre del autor (Demócrates-Demócrito). Los tres apéndices que acompañan esta edición, como sus numerosas observaciones a pie de página, satisfacen los intereses filológicos del lector más exigente. Tengamos en cuenta que esta edición de las Máximas áureas de Demócrito es trilingüe: reproduce el texto griego de la editio princeps de Holstein (1638), junto a su traducción latina, y, la fiel y respetuosa (a la par que creativa) traducción al castellano de Martínez-Cordone.

Estas Máximas áureas de Demócrito, no solamente responden a una deuda cultural hispana con el gran filósofo de Abdera, es también, y, ante todo, una muestra excepcional de las perlas morales con que la antigüedad percibía la condición humana, la digna condición humana. Perlas morales que lo siguen siendo aún hoy, salvo en contadísimas excepciones, como las referidas a la mujer (77 y 78). En la primera máxima, Demócrito se pronuncia sobre el valor de las mismas: “Quien consiga comprender escribe estas máximas mías con agudeza, obrará como corresponde a un hombre y evitará mucho de lo que es vil”.

Demócrito reflexiona en estas máximas con un lenguaje sencillo, comprensible, alejado de complejidades conceptuales, pues su propósito es ofrecer un instrumento práctico para la vida moral y la felicidad que le acompaña. Su propuesta busca lo que se conoce como eutimia, un estado de serenidad, y buen ánimo vital. Debemos alejarnos de las perturbaciones y los miedos (algo que también abordará su discípulo Epicuro). Pero este estado de serenidad, de eutimia, sólo se puede alcanzar desde la moderación. Es necesario huir de los excesos; de lo contrario, el placer se convertirá en malestar.

Lamentablemente, como es sabido, la enorme pluralidad de obras de Demócrito se ha perdido o apenas tenemos fragmentos o referencias. Sin embargo, ello no nos debe impedir disfrutar de la riqueza de estas concisas y profundas reflexiones morales. Nada hay en ellas de la famosa filosofía de la naturaleza de su autor (que mereció la tesis doctoral de Marx), ni de sus pensamientos matemáticos o artísticos. Sus temas son esas cuestiones que, como nos dice Martínez-Cordone en la introducción, “interesan a todo hombre por su propia condición humana”. Son máximas áureas porque constituyen lo más preciado que puede y debe decirse sobre la conducta moral humana. Desde el dualismo alma-cuerpo, tan marcado en la filosofía antigua, Demócrito nos recomienda elegir los bienes de aquella, pues es lo que más nos acerca a los dioses. O, en términos prácticos, añade: “La perfección del alma endereza la debilidad del cuerpo, mas el vigor del cuerpo, sin raciocinio, no mejora el alma en nada”. Este afán de perfeccionamiento moral recorre todas sus máximas, más allá de lo meramente descriptivo. Subraya con claridad que no son tan importantes las palabras sobre el bien, sino los “hechos y acciones virtuosas”. La idea de que sólo la justicia y el bien pueden ofrecernos felicidad, aparece nítidamente, como lo hizo, por lo demás, en la obra de los otros grandes filósofos de su época. La injusticia, paralelamente, en coherencia, es el germen de la desdicha (11).

Las máximas de Demócrito nos hablan de la amistad (“Vivir no vale la pena si no se tiene ningún amigo fiel”), del placer, de la justicia (“Quién comete injusticia es más desdichado que quien la padece”), de la cautela y la precaución (53, 57, con expresiones que bien complacerían a Gracián), del sentido común o el entendimiento…  Este último asunto se torna fundamental ya que el buen juicio, la atinada racionalidad, es un requisito imprescindible para obrar bien. Hay un tono de intelectualismo moral en la máxima que afirma: “La causa del yerro es la ignorancia de lo mejor”. En todo caso, se trata de un saber ajeno por completo a la erudición (30): el buen juicio es algo que nace en uno mismo sin temor al que dirán ni plagio de lo que ya se opinó.

Muchas de estas máximas tienen el sello de una filosofía de la experiencia. Esa experiencia de la vida que se percibe en la gran tradición aforística. Comparte con nosotros sus agudas observaciones (“Muchos cometen las acciones más deleznables con las mejores palabras en la boca”), o sus quejas de la frecuente estulticia (“Insolente codicia es hablar de todo sin escuchar nada”). En otras nos brinda un franco consejo, como en este sobre la forma de hacer y recibir favores: “Hemos de aceptar favores con la mira puesta en devolver otros aún mejores”; sobre la calumnia, los elogios y la forma de afrontarlos (“Si no entiendes a qué se debe un elogio, tenlo por lisonja”), o sobre cómo hacer un buen uso de los bienes o la hacienda. No faltan tampoco máximas de corte existencial, como las dos últimas, en las que la vida en general se sitúa como eje de la reflexión: “El mundo es escenario, la vida, un acto. Llegas, ves, te marchas”, “El mundo es cambio; la vida es opinión”.

Demócrito, Máximas áureas. Edición y traducción de Alberto Martínez-Cordone. Cypress Cultura, Sevilla, 2026.





En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.



FUENTES

Cicerón

Séneca

Isidoro de Sevilla

Leonardo Bruni

Lorenzo Valla

Leon Battista Alberti

Guillaume Budé

Girolamo Savonarola

 Marsilio Ficino

Giovanni Pico della Mirandola

Charles de Bovelles

Antonio da Barga

Ambroise Paré

Pierre de Ronsard

Juan Luis Vives

Marco Antonio Camós

Pietro Pomponazzi

François de Rabelais

Francisco Sánchez

Cornelius Agrippa

Pierre Charron

Blaise Pascal

Alexander Pope

François-René de Chateaubriand

TEMAS

Tradición y fuentes del humanismo

[γνωθι σεαυτόν] Historia del precepto délfico: de Sócrates a Minucio Félix

De los dioses antropomorfos grecorromanos al hombre teomorfo cristiano

Poetas y sabios en la Grecia arcaica

Las razones del humanismo contra la ciencia: el caso de Sócrates

Platón y el destino del hombre

La naturaleza dual del hombre en el Asclepio

La idea renacentista de Antigüedad cristiana

La impronta cristiana en el concepto de dignitas hominis en el Renacimiento italiano

"Guiados por gracia celestial": el humanismo cristiano y el legado grecolatino

La batalla del ciceronianismo en el Renacimiento italiano

La cultura del parricidio. La Modernidad contra la tradición

Humanismo renacentista y humanismo marxista

Humanismo y existencialismo

Humanismo y tradición a la luz de la hermenéutica

Del anti-humanismo al humanismo del otro hombre



OBRAS Y AUTORES

Sócrates: un enigma ante el espejo

Cicerón, padre del concepto humanitas

El humanismo de Publilio Siro en sus sentencias

Petrarca, ¿humanista cristiano?

Salutati y la naturaleza de la sabiduría humana

Juan de Lucena y el De vita beata

Janus Readers: los lectores de Panonio

La noción de la felicidad del hombre en el Palinurus de Maffeo Vegio

Ficino: religión cristina y teología humanista

Erasmo: "Monachatus non est pietas"

Rudolph Agricola, "padre" del humanismo germánico

Castellio y la idea de tolerancia en el siglo XVI

En torno a los diálogos de Antonio Brucioli

Comenius y la disciplina de hacerse humano

Los humanismos del Quijote

Los Discursos filosóficos sobre el hombre, de Juan Pablo Forner


REFLEXIONES

Volver al hombre

La tradición traicionada

Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo

Sobre la utilidad y el perjuicio del saber para la vida

Rehumanismo contra antropoclastia. Diez notas distintivas del hombre

Razón humanista frente a ideología humanitaria 

Conocimiento y dignidad humana en el siglo XXI

Humanismos del siglo XXI

Posthumanismo: el suicidio asistido de Europa

En defensa del viejo humanismo


ENTREVISTAS

Luis Frayle Delgado 

Jesús Cotta

Carlos Marín-Blázquez

Armando Pego Puigbó

Javier García Gibert

Javier Recas

Antonio Barnés

Manuel Neila



RESEÑAS











VÍDEOS