Poetas y sabios en la Grecia arcaica

Publicamos un extracto del libro de Francisco Rodríguez Adrados, Orígenes de la lírica griega, publicado por Revista de Occidente ahora hace, exactamente, 50 años. En él, el célebre helenista pondera la figura del poeta-sabio en la Grecia arcaica, cuando asumió un papel rector de la comunidad en una época en que la autoridad carismática aún no se había identificado con el líder político o el sumo pontífice eclesiástico. Fascina y subyuga la capacidad del autor, cuyo análisis esclarece, no solo lo que en su momento significaba la sabiduría, sino lo que ya no significa: cuarteada en disciplinas supuestamente "científicas", despojada de cualquier dimensión espiritual, reducida a mera técnica instrumental para someter a lo real por la fuerza y a toda costa. Lecturas como esta inspiran a quienes aún confiamos en la capacidad de la palabra humana de franquearnos el acceso a una instancia superior del conocimiento, más allá de su uso funcional y rastrero. El valor de esta publicación aumenta por el hecho de que se trata de un libro agotado y que, hasta donde sabemos, no se encuentra disponible para su consulta en ningún repositorio digital de libre acceso.


Escena de banquete griego. Tondo de una copa ática, ca. 480 a. C. 
Museo del Louvre, París.  


En esta época el poeta es por antonomasia el sophos, el sabio: los filósofos no hacen más que heredar esto de el, como otras tantas cosas 33 Ya Alcmán, 16, 2, y Solón, 1, 52, se llaman sophoí: el primero afirma (41) que el tocar bien la cítara (quizá el término incluya también el canto) es tan sobresaliente como el hierro, es decir, que la excelencia o areté del poeta es tan elevada como la del guerrero. Jenófanes, 2, 12, habla de su sabiduría como areté superior a la de los atletas. Teognis, 769, considera ya la sabiduría como propiedad, por definición, del poeta. Sophós, sophía son términos que, referidos al poeta o a la poesía en general, aparecen con frecuencia en Píndaro.
 
Esta sophía se basa en primer término en la posesión de un saber que pudiéramos llamar técnico. Los poetas están orgullosos de que «componen» cosas «nuevas», de que «hallan» o «inventan»; de su saber tocar la cítara. Son comparables a los artistas contemporáneos. Una inscripción de firma de una estatua como la de I. G., I², 522, en que se habla de que «hicieron con su sabiduría la bella estatua» contiene los dos términos, poeiein y sophia, que encontramos otras veces referidos a la poesía.
 
Pero entiéndase bien. Estos poetas y los que en fecha posterior siguen pensando igual de sí mismos, un Aristófanes, por ejemplo, no distinguen entre un saber «técnico» o formal y uno de contenido. No: un Solón, un Esquilo, un Píndaro son «sabios» por ambas cosas a la vez. El poeta aporta un conocimiento superior sobre los hombres y los dioses, que lo mismo se opone a la historia (el mito) que a constantes que tienen incluso proyeсción para el futuro. Maneja el mito, la máxima, la advertencia y aun la profecía por igual. Cuando un Heráclito expone su doctrina, se desprende del metro (aunque no de ciertos restos de él y de lenguaje poético), pero sigue considerándose sophós.
 
Lo notable es que, si es cierto que el poeta piensa de sí mismo como de una individualidad destacada, que «compone» cosas nuevas, y no como de un simple portavoz de la Musa, no tendría razón quien a partir de aquí dedujera que hay un descenso del sentido religioso en la lírica. Más bien habría que postular lo contrario, y no simplemente porque los poetas sigan invocando a la Musa en sus proemios, o porque un Arquíloco reciba una iniciación poética de las Musas y tenga sus «dones» (fr. 1, cf. pág. 135) o porque el oráculo de Delfos le llame «servidor de las Musas» y ordene purificarse a su matador y Teognis se califique «servidor de las Musas» (769). Ni siquiera porque Píndaro afirme con mayor a sí mismo (Ol., IX, 28) que los poetas lo son κατά δαίμονα, por gracia divina, o Íbico (fr. 310) tema perder el aprecio de los hombres al pecar contra los dioses. Hay motivos más profundos.
 
Mientras que la épica tenía, ya en época homérica, un carácter más bien lúdico al tiempo que educativo, la lírica permaneció durante largo tiempo unida a sus orígenes rituales y sacrales, que hemos ejemplificado ampliamente. El cantor o solista era en el origen simplemente el número uno dentro de la comunidad del coro. Si éste era un tíaso o cofradía, o un grupo de representantes de la comunidad o de una fracción de ella, el cantor era el que en nombre de todos abría la acción ritual y les exhortaba a cumplir la misma. Tenía, digámoslo de una vez, un carácter que nosotros llamaríamos sacerdotal. Así era, sin duda, en himnos de llamada como los de las Leneas atenienses, el del colegio de las mujeres eleas, el de los curetes, a que nos hemos referido más arriba. Un Arquíloco cantando el ditirambo o el peán, pues a ambas cosas se refieren sus fragmentos, representa otro papel. Con toda la evolución que se quiera hacia temas personales, no representan tampoco otro papel Anacreonte y Alceo, cantando en el banquete, acto ritual, o al frente de sus comos, aunque no les siga un canto coral y todo quede reducido a monodia; ni Safo, cantando en fiestas en que están presentes las doncellas de su círculo. A ocupar este lugar central eran llamados primordialmente, en el siglo VII, los poetas que venidos de Lesbos y de Asia desarrollaron la monodia en las fiestas de las distintas ciudades griegas. Sustituían a los ejecutantes locales en su mismo papel de cantar la monodia en los coros de los ditirambos, los partenios, los peanes. Aunque a veces, según hemos dicho, al canto «literario» dirigido por ellos seguía el tradicional o popular.
 
A veces este papel sacral del coro y su jefe tiene una faceta mimética. En el vaso François se ve al coro de los jóvenes atenienses rescatados del Minotauro, encabezado por el rey Teseo. Es representación de un coro mimético; y hemos hablado de mímesis en la presentación del mismo tema en las Oscoforias atenienses, así como en el caso de la canción de la golondrina, de la danza de los curetes, de danzas diversas en que la corego representaba a Ártemis, en el mismo peán citado en el Himno a Apolo y que hemos comparado con el nomo de Crisotemis. Hemos aludido también a la aparición de Dioniso en las Bacantes o de Darío en los Persas tras la invocación del coro, hallando huella aquí de un fenómeno por el cual el corego-cantor podía revestir la personalidad del dios o el muerto invocados. Había un camino para que el poeta se convirtiera en un sacerdote de los cultos locales, en jefe de los tiasos, etc., o bien en un actor. Ahora bien, esto no sucedió: los elementos miméticos de la lírica quedaron reservados para ser desarrollados ampliamente en una fase posterior, la teatral. En ella el poeta se separa del actor.
 
Volviendo atrás, en la edad de la lírica, pese a esta limitación, los poetas se mantuvieron unidos al menos a ciertos aspectos del culto: la poesía es parte de la acción sacral, y de ello queda huella incluso cuando desarrolla temas propiamente humanos que nosotros calificaríamos de no religiosos. El poeta no es un cantor ambulante que deleita con sus antiguas historias, como los aedos de la épica, sino un especialista en una parte del culto divino que es llamado para una ocasión especialmente solemne. O bien es un miembro relevante de la colectividad que utiliza la poesía, primariamente en ocasiones religiosas, pero luego también fuera de ellas, para guiarla en lo individual o lo colectivo: un Arquíloco, un Tirteo, un Solón. Desde el momento en que no limita su guía a proponer ejemplos míticos y a dar unas máximas, sino que aplica su saber, tradicional o innovado, al aquí y ahora, ya no es un simple juglar protegido por una tradición religiosa escuchado principalmente por placer, sino que es alguien que, de un lado, se inserta profundamente en la vida religiosa y política; y, de otro, es capaz de invención, de novedad. Es un jefe religioso, un jefe moral, un jefe político: es el ideal del hombre completo que se apoya en una tradición religiosa y la explicita, la aplica a la vida diaria del hombre y de la ciudad.
 
En sus manos, la poesía es un arma. Los epílogos suelen pedir la bendición y prosperidad de la ciudad o la ayuda divina para cosas más concretas. El poeta puede maldecir a sus enemigos, atraer sobre ellos la burla y la desgracia. Puede imponer una ideología o una política. Introduce cultos: Arquíloco introdujo el de Dioniso en Paros, Sófocles el de Asclepio en Atenas. Aparece incluso como purificador. Eliano nos dice (V. H., XII, 50) que en casos de epidemias o calamidades públicas los espartanos trajeron como purificadores, por consejo del oráculo délfico, a los poetas Terpandro, Taletas, Tirteo, Ninfeo y Alcmán. La conexión del poeta con el sacerdote y el mago, el hombre medicina de los etnólogos, está bien clara.
 
Fueron guías de la comunidad, exhortándola a la acción necesaria, previendo los peligros futuros, explicando los errores pasados, hombres como Calino en Efeso, Tirteo en Esparta, Arquíloco en Paros, Solón en Atenas, Teognis en Mégara. Crearon toda una filosofía de la acción humana en un contexto de fuerzas divinas, filosofía que los trágicos no hicieron más que coronar. En un Píndaro se unen todas estas líneas: una filosofía de la acción y de la vida humana, un papel de consejero de príncipes, de consejero de los mismos triunfadores que celebra. El poeta «local», que ha tomado la inspiración de los poetas viajeros y profesionales, es el que, a más del conocimiento de éstos, tiene el cultivo de la acción: es el verdadero uomo universale de la edad arcaica y aun la clásica. Un Sófocles, desempeñando un papel importante en la política de Atenas mientras escribía su obra e ilustraba sobre la vida humana y la divinidad al pueblo ateniense, continuaba siéndolo.
  



En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.



FUENTES

Cicerón

Séneca

Isidoro de Sevilla

Leonardo Bruni

Lorenzo Valla

Leon Battista Alberti

Guillaume Budé

Girolamo Savonarola

 Marsilio Ficino

Giovanni Pico della Mirandola

Charles de Bovelles

Antonio da Barga

Ambroise Paré

Pierre de Ronsard

Juan Luis Vives

Marco Antonio Camós

Pietro Pomponazzi

François de Rabelais

Francisco Sánchez

Cornelius Agrippa

Pierre Charron

Blaise Pascal

Alexander Pope

François-René de Chateaubriand

TEMAS

Tradición y fuentes del humanismo

[γνωθι σεαυτόν] Historia del precepto délfico: de Sócrates a Minucio Félix

De los dioses antropomorfos grecorromanos al hombre teomorfo cristiano

Las razones del humanismo contra la ciencia: el caso de Sócrates

Platón y el destino del hombre

La naturaleza dual del hombre en el Asclepio

La idea renacentista de Antigüedad cristiana

La impronta cristiana en el concepto de dignitas hominis en el Renacimiento italiano

"Guiados por gracia celestial": el humanismo cristiano y el legado grecolatino

La batalla del ciceronianismo en el Renacimiento italiano

La cultura del parricidio. La Modernidad contra la tradición

Humanismo renacentista y humanismo marxista

Humanismo y existencialismo

Humanismo y tradición a la luz de la hermenéutica

Del anti-humanismo al humanismo del otro hombre



OBRAS Y AUTORES

Sócrates: un enigma ante el espejo

Cicerón, padre del concepto humanitas

El humanismo de Publilio Siro en sus sentencias

Petrarca, ¿humanista cristiano?

Salutati y la naturaleza de la sabiduría humana

Juan de Lucena y el De vita beata

Janus Readers: los lectores de Panonio

La noción de la felicidad del hombre en el Palinurus de Maffeo Vegio

Ficino: religión cristina y teología humanista

Erasmo: "Monachatus non est pietas"

Rudolph Agricola, "padre" del humanismo germánico

Castellio y la idea de tolerancia en el siglo XVI

En torno a los diálogos de Antonio Brucioli

Comenius y la disciplina de hacerse humano

Los humanismos del Quijote

Los Discursos filosóficos sobre el hombre, de Juan Pablo Forner


REFLEXIONES

Volver al hombre

La tradición traicionada

Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo

Sobre la utilidad y el perjuicio del saber para la vida

Rehumanismo contra antropoclastia. Diez notas distintivas del hombre

Razón humanista frente a ideología humanitaria 

Conocimiento y dignidad humana en el siglo XXI

Humanismos del siglo XXI

Posthumanismo: el suicidio asistido de Europa

En defensa del viejo humanismo


ENTREVISTAS

Luis Frayle Delgado 

Jesús Cotta

Carlos Marín-Blázquez

Armando Pego Puigbó

Javier García Gibert

Javier Recas

Antonio Barnés

Manuel Neila



RESEÑAS










VÍDEOS