Antonio Barnés: Volver al hombre

 


La cuestión no es a dónde nos conducirá la tecnología, sino a dónde queremos dirigirnos nosotros. No indaguemos qué podemos, sino qué debemos hacer. No seamos esclavos de nadie, tampoco de la tecnología. El nuevo periodo que abre el tercer milenio invita a retomar el humanismo, una de las corrientes más valiosas de la tradición occidental, síntesis granada del tronco judeocristiano y grecolatino. Urge volver al hombre, dejar de lado las ideologías colectivistas de la Edad Contemporánea, resolver tantas antinomias: religión o ciencia, fe o razón, Estado o Iglesia, tradición o progreso, alma o cuerpo, razón o emociones, libertad o autoridad, derecha o izquierda, letras o ciencias, naturaleza o cultura… Sustituyamos la o de todas esas disyuntivas por una y, tratando de discernir las relaciones entre unas y otras. Tendamos puentes entre las ciencias del espíritu y las de la naturaleza, entre la libertad y la necesidad. El humanismo no ha dicho la última palabra, pero supone una síntesis de dos mil años de historia, entre el primer milenio antes de Cristo y el XVII de la era cristiana.

Detengamos la rueda del reduccionismo y trabajemos por la integración. No apostamos por sincretismos postizos, desechamos los particularismos y su absolutización. Recuperemos la fe en la razón, y las razones de la fe cristiana y de otras tradiciones religiosas y sapienciales. Una lectura atenta de los maestros del pasado bíblico y grecolatino (Jerusalén, Atenas, Roma) y de los maestros del humanismo renacentista supone una excelente propedéutica para pensar el presente y dibujar un futuro más humano, en el que la tecnología asuma el rango instrumental que le corresponde. No debe obligarse a creer en Dios, pero tampoco prohibirse hablar de Él. No pensemos y actuemos solo como si Dios no existiese; obremos también como si Dios existiera. En el siglo XVIII la visión de la religión como desencadenante de violencia era una hipótesis plausible. A comienzos del siglo XXI, sabemos que la violencia anida en el hombre, y que el Estado, la Nación, la Raza o el Mercado no son revulsivos para la barbarie de menor intensidad que la religión. Revoluciones sangrientas, guerras mundiales, genocidios… son prueba de que el sueño de cierta Ilustración de una sociedad pacífica en virtud de un indiferentismo religioso se ha comprobado fatuo. De modo semejante a como las tradiciones religiosas pueden elevar el punto de mira de la razón y la razón puede purificarlas, se precisa que las ciencias, la política y el mercado se contrapesen con razones filosóficas y poéticas. Eliminar al otro no es buen sistema para crear diálogo. La razón o el Estado no pueden ser absolutos, pues no son menos opresores que los agentes del Antiguo Régimen, por muy democráticos que sean los cauces, los procedimientos. 

Este libro ha presentado una serie de propuestas desde Cervantes y otros autores clásicos para retomar el humanismo en la era digital. La indiferenciación de saberes –básicos, aplicados, profesionales– no soluciona los problemas. Despreciar la sabiduría en aras de la habilidad, convertir al hombre en mera pieza productiva del Estado o del Mercado suponen deshumanización: robotización, animalización o como queramos llamarla. Esclavitud es quizás la palabra más verdadera. 

El asombro ante el hombre y la mujer; la apertura a la trascendencia; la conciencia de que somos un mundo abreviado, un microcosmos que refleja el macrocosmos, son legados humanistas de valor perdurable. El hombre es un ser en busca de sentido, y solo una visión humanista puede satisfacer ese anhelo.

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(Este texto se incluye como "colofón" del libro del autor, titulado Nuevo humanismo para la era digital, que publicará en breve la editorial Dykinson).