La antropología cristiana en el 'De hominis opificio' de Gregorio de Nisa

 



Publicamos un extracto de La naturaleza del hombre (De hominis opificio) que, en traducción de María José Martín Velasco, acabo de publicar Cypress Cultura. Se trata de una obra fundamental, no solo de la Patrística griega, sino de la historia del pensamiento occidental, pues tiene un puente conceptual entre la tradición de la filosofía antigua y la del incipiente humanismo cristiano, poniendo las bases de una antropología basada en la razón y la libertad que, lejos de combatir con la fe, la nutren y fortalecen.


III. Por qué la naturaleza del hombre es más valiosa que toda la creación visible

1. No conviene pasar por alto un asunto al que no se le ha prestado suficiente atención: aunque el mundo, tanto en su conjunto como en cada una de sus partes, fue establecido como fundamento del universo, su creación no estuvo precedida de deliberación alguna, sino que surgió de manera inmediata ‒podríamos decir instantánea‒ en el preciso momento en que Dios pronunció su mandato. No ocurrió lo mismo con la creación del hombre, ya que esta es producto de un deseo expreso del Creador , quien ‒como se ve en el relato de la Escritura‒ comienza por concebir la imagen del futuro ser, la naturaleza que le conviene, el modelo al que se asemejará, el propósito para el cual será llamado a la existencia, las actividades a las que se dedicará una vez creado y las criaturas sobre las cuales ejercerá su dominio. Todo esto aparece detallado en la Sagrada Escritura para dejar claro que la dignidad  del hombre es anterior a su propia aparición y que incluso antes de venir a la existencia ejercía el dominio sobre el cosmos. Eso es lo que dice Moisés: «Dios dijo: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza , que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra’»  (Gn 1:26).

2. ¡Asombroso! El sol surge sin que haya una deliberación previa por parte de Dios. Otro tanto puede decirse del firmamento y de los demás componentes del cosmos. Basta su sola palabra para que tales maravillas cobren existencia y no se revelan los pormenores del cuándo ni del cómo. De idéntico modo han sido constituidos todos los elementos, sucesivamente: el éter , los astros, el aire intermedio, el mar, la tierra, los animales y las plantas; todo ha brotado del verbo divino. Únicamente para la aparición del hombre se detuvo el Creador del universo en una consideración cuidadosa y reflexiva. Preparó meticulosamente la materia con la que habría de formarlo y lo creó semejante a un modelo de sublime belleza . Previó con antelación la finalidad para la que vendría a la existencia, dotándolo de una naturaleza perfectamente adecuada para cumplir su propósito, asegurándose así de que estuviera plenamente adaptado al fin que le había sido designado.

IV. La forma en que fue creado el ser humano demuestra su capacidad natural para dominar el cosmos

1. Así como un artista, cuando crea una obra, la dota de las cualidades necesarias para cumplir la finalidad para la que fue concebida, del mismo modo Dios, Artista por excelencia, modeló al ser humano con una capacidad natural de liderazgo, infundiendo en su alma las virtudes que lo hacían más apto para tal cometido y configurando su cuerpo de un modo tal que fuera capaz de asumir las funciones de gobierno y dirección. Por eso, el alma humana muestra, ya a primera vista, un carácter noble y valiente, alejado de la cobardía, pues actúa con autonomía e independencia y no necesita que otros la dirijan , sino que es libre y capaz de decidir por sí misma . ¿De quién es propio este carácter sino de un rey? A esto cabe añadir que el hecho de que el hombre haya sido creado a imagen del Todopoderoso  implica que, desde el comienzo de su creación, solo pudo ser concebido como un ser que había venido al mundo para gobernar. Siguiendo con la analogía del quehacer humano, observamos que los artistas, cuando esculpen las efigies de los poderosos, no solo plasman sus rasgos físicos, sino que también las dotan de atributos reales, permitiendo así que cualquiera reconozca a primera vista su condición de soberanos. Del mismo modo, la naturaleza humana fue creada a semejanza del soberano del universo y recibió las cualidades necesarias para gobernar el resto de la creación, pues, con este fin, se le dio un alma que refleja a su Creador tanto en dignidad como en esencia. Esta dignidad no se muestra con símbolos externos: no lleva túnicas púrpuras, cetros ni coronas (que, por cierto, tampoco lleva Dios, su modelo). Lo que el ser humano recibió es mucho más valioso: la virtud, un apoyo mejor que cualquier cetro, y la promesa de vida eterna. Su verdadera corona no es de oro, sino de justicia. Así es cómo la persona humana refleja fielmente la belleza suprema y la dignidad soberana de Dios.

V. El ser humano es la fiel imagen de la divina majestad

1. La belleza divina que habita en el ser humano no se manifiesta en lo físico ‒ni en la proporción de su figura ni en la apariencia de su piel‒, sino que resplandece en su actitud, en esa felicidad que emana quien vive conforme a la virtud. Al igual que los artistas plasman en el lienzo los rasgos humanos con pigmentos de colores, difuminando y armonizando los distintos tonos en busca de la imitación más fiel, intentando que la belleza del modelo se refleje con precisión en su obra, así nuestro Artista divino hace florecer en nosotros su imagen para que se asemeje a su propia belleza y, mediante los tintes y los colores de las virtudes, procura que quede de manifiesto que somos imagen suya. Y reproduce la forma verdadera, no con pigmentos de colores variados, no con el rojo ni con el blanco ni con sus mezclas ‒sean cuales sean sus nombres‒, ni con ese toque de negro con que se perfilan las cejas, los ojos y las sombras para dar forma a los rasgos del rostro, ni con ninguna de las demás técnicas que los pintores emplean para perfeccionar su obra. En lugar de colores y técnicas pictóricas, el Creador retrata al ser humano mediante las virtudes: la integridad, la entereza de ánimo , la bienaventuranza y el alejamiento de todo mal. Con estas virtudes, con las que nos adorna como con flores, va reproduciendo en nuestra naturaleza su propia imagen .

2. Y si observaras con detenimiento todas las demás características que definen la belleza divina, descubrirías que la semejanza entre la imagen y el modelo se mantiene íntegra. La divinidad es Espíritu y Palabra: «En el principio existía el Verbo» (Jn 1:1). Y, según Pablo, los profetas llevan en sí el Espíritu de Cristo, y la naturaleza humana participa de esta misma realidad . Si te observas a ti mismo con atención, lo descubrirás: encuentras en tu interior la palabra y la inteligencia, que son imágenes de la Inteligencia verdadera y de la Palabra auténtica . Y también el amor, porque es evidente que Dios es el Amor mismo y la fuente original de todo amor. Eso es precisamente lo que nos dice el excelso Juan: «El amor es Dios» y «Dios es amor» (Jn 4:7-8) . El modelador de nuestra naturaleza ha querido que también la imagen de cada hombre  refleje esa verdad. Por eso dice: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13:35). Sin amor, todos los rasgos de esa imagen se desdibujan. Si la divinidad todo lo ve y todo lo oye desde lo alto, y es capaz de escrutar lo más profundo del corazón, también tú posees esa misma capacidad: percibes con la vista y el oído, y con la inteligencia buscas e investigas la realidad.






En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.




FUENTES

Cicerón

Séneca

Isidoro de Sevilla

Leonardo Bruni

Lorenzo Valla

Leon Battista Alberti

Guillaume Budé

Girolamo Savonarola

 Marsilio Ficino

Giovanni Pico della Mirandola

Charles de Bovelles

Antonio da Barga

Ambroise Paré

Pierre de Ronsard

Juan Luis Vives

Marco Antonio Camós

Pietro Pomponazzi

François de Rabelais

Francisco Sánchez

Cornelius Agrippa

Pierre Charron

Blaise Pascal

Alexander Pope

François-René de Chateaubriand

TEMAS

Tradición y fuentes del humanismo

[γνωθι σεαυτόν] Historia del precepto délfico: de Sócrates a Minucio Félix

De los dioses antropomorfos grecorromanos al hombre teomorfo cristiano

Poetas y sabios en la Grecia arcaica

Las razones del humanismo contra la ciencia: el caso de Sócrates

Platón y el destino del hombre

La naturaleza dual del hombre en el Asclepio

La idea renacentista de Antigüedad cristiana

La impronta cristiana en el concepto de dignitas hominis en el Renacimiento italiano

Petrarca en sus invectivas: un águila de dos cabezas

"Guiados por gracia celestial": el humanismo cristiano y el legado grecolatino

La batalla del ciceronianismo en el Renacimiento italiano

La cultura del parricidio. La Modernidad contra la tradición

Humanismo renacentista y humanismo marxista

Humanismo y existencialismo

Humanismo y tradición a la luz de la hermenéutica

Del anti-humanismo al humanismo del otro hombre



OBRAS Y AUTORES

Sócrates: un enigma ante el espejo

Cicerón, padre del concepto humanitas

El humanismo de Publilio Siro en sus sentencias

Petrarca, ¿humanista cristiano?

Salutati y la naturaleza de la sabiduría humana

Juan de Lucena y el De vita beata

Janus Readers: los lectores de Panonio

La noción de la felicidad del hombre en el Palinurus de Maffeo Vegio

Ficino: religión cristina y teología humanista

Erasmo: "Monachatus non est pietas"

Rudolph Agricola, "padre" del humanismo germánico

Castellio y la idea de tolerancia en el siglo XVI

En torno a los diálogos de Antonio Brucioli

Comenius y la disciplina de hacerse humano

Los humanismos del Quijote

Los Discursos filosóficos sobre el hombre, de Juan Pablo Forner


REFLEXIONES

Volver al hombre

La tradición traicionada

Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo

Sobre la utilidad y el perjuicio del saber para la vida

Rehumanismo contra antropoclastia. Diez notas distintivas del hombre

Razón humanista frente a ideología humanitaria 

Conocimiento y dignidad humana en el siglo XXI

Humanismos del siglo XXI

Posthumanismo: el suicidio asistido de Europa

En defensa del viejo humanismo


ENTREVISTAS

Luis Frayle Delgado 

Jesús Cotta

Carlos Marín-Blázquez

Armando Pego Puigbó

Javier García Gibert

Javier Recas

Antonio Barnés

Manuel Neila



RESEÑAS












VÍDEOS