Francesco Petrarca, Prose. Edición bilingüe latín/italiano. Edición a cargo de G. Martellotti, P. G. Ricci, E. Carrara, y E. Bianchi. Riccardo Ricciardi Editore, Nápoles, 1955, pp. 694-709.
[Traducción de José Luis Trullo]
En honor a la verdad, mereceríais que un hombre con la cabeza sobre los hombros no concediera importancia alguna a vuestra necedad: no, ciertamente, vuestra valía sino tan solo la dignidad cardenalicia os hace acreedor, en lugar de silencio, de palabras mordaces; y eso en el bien entendido de que condescienda yo a ella y la califique de “dignidad” y no, más bien, de “mofa y befa”. Aquellos que en los festejos tienen por misión la de hacer reír a mandíbula batiente, se les suele pasear por las calles y las plazas vestidos de oro, con la cabeza tocada de púrpura, montados a caballo con pertrechos de lujo; y, tras deambular el día entero y divertir a todo el mundo hasta decir basta, al caer la noche se les descabalga, se les desnuda y se les manda a paseo. Vos acabaréis igual. Utilizándoos, la fortuna ofrece al mundo solaz y espectáculo como el que he descrito: mas la gente ya está harta. A estas alturas (¡y a su edad!) decrece la luz y concluye la diversión: el director del circo se ocupa de echaros con una mano delante y una mano detrás, tras despojaros de los trajes que te habían endosado. Entonces comprendéis qué erais en realidad y qué, simplemente, parecíais: otros conservarán la alegría mientras vos sufriréis dolor y miseria. Por lo demás, no se trata de un fenómeno nuevo y raro: Eutropio fue cónsul, Heliogábalo emperador, y el primer no pasó de abyecto eunuco y el segundo resultó el más repulsivo de los hombres. Sin duda fue por el conocimiento de la vida que al poeta satírico se le ocurrió aquella sentencia: la que asevera que a ciertas personas, la Fortuna “cuando se siente juguetona, eleva a los altos honores desde una cuna humilde”[1]. Con vos incluso se está cebando en exceso; al menos, esperemos que así os meta en cintura, pues la broma empieza a resultar cansina. Y no vayáis a creer que vuestra integridad cardenalicia vaya a quedar inmune ante estas afrentas: es más probable que se vea degradado por vos que sea él, el que os vuelva honorable y decoroso; pensad cuántos en la curia, en nuestra época, son malvados o aun viles y, para colmo, ineptos e insensatos, y valorad si es motivo de consuelo que entre los emperadores y patricios romanos (la nobleza por antonomasia) se incluían Nerón y Catilina, y entre los apóstoles (la santidad por antonomasia) se contaba Judas.
Voy al grano. Yo ya sabía, por supuesto, que si vos hubieseis escrito algo, yo me habría sometido al criterio de los competentes, y esperaba que hubiera ocurrido de ese modo. Yo mismo no sería conocido de no haberme visto sujeto a una norma que afecta a todos los escritores, sin excepción. Habría podido no escribir, de ser posible para alguien a cuyas todas sus energías y aspiraciones le dirigen y le impulsan en sentido contrario. Sin embargo, escribir y luego no someterme al juicio ajeno yo no podría hacerlo, igual que, hallándome a plena luz del día, lograr que no me vieran quienes me rodean. Mientras contemplaba con aprensión la ruina y decadencia de los ingenios, no menores que las que abaten los patrimonios y los cuerpos, no temía empero vuestro juicio; diré más: no lo esperaba. De hecho, ¿de qué modo, con qué artes habríais podido hacerme y hacer concebir a otros tantas esperanzas acerca de mí, cuanto las que en efecto lograsteis concretar al criticarme? Diré abiertamente cómo están las cosas. Cuando me enteré de que empezabais a citarme a menudo, con el alma en vilo temí que lo hicieseis para alabarme: de ser así, podría darme por muerto, pues no me habríais dejado posibilidad alguna para la gloria o para la confianza ajena, pues no es el menor de los escándalos el ser elogiado por una persona mezquina e infame. En verdad, ¿qué podríais alabar, me pregunto, si no aquello que comprendíais? Y ¿qué podíais comprender, si no cosas viles, miserables, abyectas? Indudablemente, dado que existe una relación proporcional entre la magnitud del intelecto y la cosa inteligible, también se da cierta paridad y aun congenialidad entre el halagado y el halagador; y, de ser así... ¿qué estoy a punto de concebir? ¡Ahórrate, alma mía, tales ansias, te lo ruego! No se me ocurre qué podría ser peor que parecerme a vos; quizás nada. Por eso, cuando me percaté de que mi nombre os daba pábulo para la maledicencia, a Dios pongo por testigo, me conmoví como si me hubiese elogiado un gran hombre. En efecto, mi mayor deseo es el de asemejarme a los buenos y a los cultos, en la mismo medida que diverger de los malos y los ignorantes. La razón es la misma: cuanto más se aleja uno del vicio, tanto más se acerca a la virtud. Comprendo entonces la causa del mal: que soy distinto de vos. Tal vez habría podido tomar otro camino, pero no abonarme a otras esperanzas: ansío parecerme a los buenos y sería feliz si lo lograse, tanto como ansío diferenciarme de los malos y haré todo lo posible en conseguirlo. Por consiguiente, me obsequiasteis con mucho más de lo que imaginabais cuando, durante un almuerzo, se os antojó citar mi nombre; y, sin duda, habría sido un elogio de haber percibido en mí esa semejanza a la que antes aludía. Por mi parte, respecto a vos me habría visto obligado, en cuanto deudor de una fracción de mi renombre, a confirmar en sumarias conversaciones a vuelapluma tanto vuestras injurias, proferidas con saña en mi ausencia, como vuestras calumnias, tan solícitas y acaloradas.
Ahora mismo, lo que temo es que vuestras afrentas, que para mí más bien son elogios, antes deban atribuirse al vino que a vuestro sentido crítico. Por tanto, si deseáis alabarme por completo, insultadme antes de comer y sin haber bebido, o al menos al levantaros de la cama, tras dormir la borrachera, de manera que no sean los vapores etílicos, sino vuestro espíritu ciego y espeso el que concederá algo de renombre a mis dotes intelectuales.
Ahora es momento de que vuelva a hablar de mí y que me libere de lo que vos me reprocháis: la familiaridad y la amistad con los tiranos, como si aquellos que viven juntos debieran necesariamente compartirlo todo, cuando lo cierto es que con frecuencia los peores se mezclan con los buenos y estos, con aquellos. ¿Acaso no convivió Sócrates con los Treinta Tiranos de Atenas? ¿No permaneció Platón junto a Dionisio, Calístenes con Alejandro, Catón con Catilina, Séneca con Nerón? La virtud no se contamina por la proximidad del vicio: motivos livianos pueden sacudir los ánimos blanditos, pero los espíritus sólidos no se dejan contagiar por las malas costumbres. A esta calumnia, y a muchas otras con las cuales la imbecilidad y la acritud me han atacado, y no por primera vez, estimo haber dado respuesta hace poco con un libro entero, donde creo haber aclarado suficientemente dichas insinuaciones hueras.
Por lo que respecta al momento, solo diré lo siguiente (y si le concedéis crédito, os pasmará; en caso contrario, os echaréis unas risas): yo no someto mi alma salvo a Quien me la concedió, o bien a alguien que me ha demostrado su amistad sincera: y esto es algo rarísimo. Añadiré algún alma que se me asemeja, cuyo afecto me sometió con un yugo dulcísimo: imperio no leve, pero tan raro que desde mi adolescencia hasta hoy he sufrido muy pocos. A esta categoría pertenecieron personas humildes y otras ilustres, pontífices y reyes: para que a ellos me entregase espontáneamente, ningún peso tenían su dignidad y su riqueza, sino únicamente su virtud y su afecto, y siento un gran dolor cada vez que la muerte me libera de dicha servidumbre. Ocurre a menudo que me someta a personas de condición más humilde, pues en ellas percibo menos fortuna y más virtud: y es que no aprecio ni venero la primera, mientras que la segunda me he propuesto apreciarla y venerarla al menos en los demás, ya que no me es posible en mí mismo. En su ausencia, no existe persona a la cual yo someta mi alma. Como veis, la mayor parte de mí, o bien es libre, o bien, privada de la libertad por motivos nobles y gratos, no aspira a serlo de otra forma y, temiendo verse presa, lo rechaza. Esto, en lo que respecta al alma. La otra parte de mí, la terrena, conviene que se someta a los señores de los lugares en los que habita. Cómo negarlo, de hecho, cuando veo que aquellos que mandan sobre sus inferiores están sometidos, a su vez, a sus superiores, y que todo se reduce a lo que dijo César: “La humanidad vive para pocos”. Es más, esos pocos para los cuales vive la humanidad, no son más temibles para el pueblo de lo que el pueblo lo es para ellos. De tal modo que nadie es libre: por todos lados esclavitud y cárceles y cepos, a menos que, lo cual no es frecuente, uno logre desatar los nudos con la fuerza de su espíritu y con la ayuda del Cielo. Mira por doquier: no hay ciudad que no tenga su tirano; donde no los hay, tiraniza la muchedumbre; y así, cuando te crees haber escapado de un tirano, caes en las garras de muchos. Salvo que me indiquéis un único sitio donde reine un monarca justo y magnánimo; en tal caso, de inmediato trasladaría allí mi residencia junto con todas mis cosas. A mí no me retiene el amor a la patria, ni la belleza o la nobleza de Italia: iré hasta la India, hasta Persia o junto a los garamantes, en los confines de las tierras habitadas, para hallar dicha región y dicho rey. Pero en vano se busca aquello que no existe. Alabada sea nuestra época que, nivelándolo todo, nos ha ahorrado este esfuerzo. Quien comercia con el trigo basta con que tome un puñado de grano y lo examine para hacerse una idea de la partida entera. No es preciso viajar a zonas remotas ni adentrarse en parajes inexplorados: los idiomas, la indumentaria, los rostros cambian, pero los deseos y los hábitos se parecen tanto, allá donde vayas, que nada podrá parecerte más cierto que aquello que afirmó el poeta satírico: “Si deseas conocer las costumbres del género humano, con una casa cualquiera te basta”.[2] Admito que existe un lugar sagrado, donde vos reposáis, en el cual, con vuestra presencia y vuestros consejos, nuevo Saturno o nuevo Augusto, habéis renovado la edad de oro. ¡Feliz el Ródano que os acoge, feliz la región romúlea que os tiene por guía, feliz el mundo que posee una tal región , feliz la Iglesia con un príncipe semejante! ¡Realmente sagrado, como digo, el espacio en que vivís! Virgilio calificó de “sagrada” la fiebre de una enfermedad incurable[3]: sagrada es la avidez de oro, sagradas son llamadas las puertas del infierno. En verdad, la opinión que tengo yo de mis jóvenes[4] la conoceréis: son gobernadores de la patria, no tiranos, y carentes de espíritu tiránico tanto cuanto vos de equidad y justicia. Hasta ahora ha sido así; qué ocurrirá en un futuro, lo ignoro. De hecho, el ánimo es mudable; sobre todo, el de aquellos cuya felicidad no sufre cambios y se encuentra en disposición de hacer aquello que les venga en gana. En cualquier caso, ya sea contra la verdad que los hayáis calificado de tiranos, ya sea que con el tiempo en verdad lleguen a serlo, o bien por que se manifieste en ellos algo que hasta ahora había permanecido oculto, ¿qué tengo yo qué ver? Estoy con ellos, no debajo de ellos, y me encuentro en su territorio, no en su casa. En común solo tenemos las comodidades y los honores con los que, generosamente, me obsequian de continuo, con mi aquiescencia. Dar consejos, gestionar los asuntos, administrar la hacienda pública, lo confían a otros, nacidos para ello; a mí solo me deparan serenidad, silencio, seguridad y libertad: estos son los temas en los que debo pensar, es lo único que me atañe. De manera que, mientras otros, de buena mañana, se dirigen al palacio, yo me escapo, solo, al bosque, algo que por lo demás me resulta bien conocido. Y no me percato de que son mis patronos salvo por sus beneficios y obsequiosidad. En verdad, me prometieron —y hasta ahora lo han cumplido— que no me pedirían nada más que me quedase, permaneciendo en esta ciudad florecientísima y en estos amenísimos parajes; que mi presencia la estimaban como un galardón para ellos mismos y para la ciudad. Son cosas conocidos por todos, esto que digo; sin embargo, a vos os resultará increíble, pues nada semejante se ha visto bajo vuestro poder y vuestra tiranía; nunca, bajo de vos, ha cabido ningún afecto ni sentido de la caridad, ni una palabra de amistad, pues de los hombres, casi como de las bestias, no esperáis otra cosa que dinero, hasta el punto de que apreciáis más a un rufián que os resulte útil que a un filósofo que no. Debe ser duro para vos asumir lo que, aun con todo, no dejáis de saber: con el corazón en la mano os digo que no creo que haya mayor distancia entre el fondo del abismo y la cúpula del cielo que entre vuestra soberbia, ávida y senil, y la mansedumbre y magnificencia de quienes me acogen. Pues estad seguro de ello: ni ellos son tiranos, ni yo dejo de ser plenamente libre. Y si, por un cambio de las circunstancias, el destino dispone que yo sea siervo, tengo tal disposición que nunca me sentiré a disgusto, siempre y cuando no me halle yo bajo vuestra tiranía, en comparación con la cual estimo preferible la de Agatocles[5], Falaris[6] o Busiris[7].
Solo me queda arrancaros la venda de los ojos acerca de una opinión falsísima: sacáosla y veréis; y con mayor serenidad podréis sopesar si os conviene descender inerme a estas batallas elocuentes o, por el contrario, disfrutar en silencio de vuestros placeres. Bien veo que vos esperáis que permanezca aterrorizado ante vuestra grandeza. Os engañáis: yo solo temo a quien amo; como no siento afecto alguno por vos, ello es imposible: odio vuestras costumbres, vuestra soberbia y lo que la sostiene, es decir, vuestra grandeza. ¿No habrá llegado tal vez a vuestro conocimiento que, en una antigua polémica acerca de la fama, provocada por una envidia análoga a la vuestra, fui objeto de inmerecidos insultos; y que yo libré batalla (no solo por puro sentido de la justicia, sino por ánimo de venganza o, mejor dicho, de legítima defensa), y nada le ahorré a mi oponente, por entonces temido en toda Italia? Y eso que, nadie puede negarlo, él era, no en verdad un genio literario (aunque, con una errada autoestima, así lo creyera, tanto por su propia vanidad como por los cumplidos de los aduladores), pero sí un literato más que mediocre, y con una elocuencia por encima de la media; a ello se añadía el poder y el favor inmenso de la fortuna que obedecía a un gesto suyo como una esclava, así como una sensibilidad extrema a la menor ofensa y su hábito celebérrimo de vengarse, por entonces bastante sospechado por los príncipes aledaños. ¿Os temeré yo, que, fiando todo mi auxilio a la verdad, no sentí miedo por un hombre tan poderoso, no solo por la palabra y por la pluma, sino por la prisión y la espada? A menos que, en lugar de todo ello, vos no os toquéis con vuestro rojo capelo.[8] Ahora bien, el respeto por vuestra condición, ¿podrá refrenar el ímpetu de mi estilo? Por todos los dioses, ¿acaso me creéis tan estúpido como para estimar, ya no el caballo, sino los pertrechos? ¡Valiosísimo e inestimable sería el paño que lleváis en la cabeza, si tanta sabiduría infundiese en quien lo posee! ¿Es que habéis cambiado, y no tenéis ya nada que ver con aquel a quien incluso el populacho despreciaba? Creedme, no confiere sabiduría, sino que despeja la oscuridad de la vida privada y arrastra a la luz lo que permanecía oculto. Lo sé yo, lo saben todos, ni siquiera vos mismo lo ignoráis, por qué méritos, por qué tejemanejes habéis alcanzado dicha dignidad. Sin duda, si os examináis, si os sopesáis, si os juzgáis, y no os engañáis, nada hallaréis —por mucho que creáis mereceros lo mejor y queráis compleceros a vos mismo—, nada, digo, que os permita alzaros a tales desvaríos; nada propio tenéis (y que esto es así, nadie hay tan obtuso que lo dude), sino que todo os ha sido dado por estirpe y por la familia de la que os jactáis de descender, la cual, aunque carece de antigüedad, atesora múltiples títulos recientes que la hacen ilustre y celebrada; aun así, de seguir vivos aquellos cuyo recuerdo creo que os resulta odioso, no habrían tenido el poder de empujaros allí donde, ya viejo, os quitó de en medio: tan lenta y tan miserablemente habéis trepado, que habría sido preferible que ni siquiera os hubieseis puesto en camino: a los mercados de Simón[9] os demorasteis a acudir, si bien no os mostráis tan perezoso a la hora de vender: nadie ha comerciado con el Espíritu Santo de manera más frecuente y desvergonzada que vos. Pero para no abrumaros en exceso, dejemos a un lado el recuerdo de aquel hombre que ahora, muerto, creo que os espanta, y volvamos a vuestra familia: ningún mérito les niego, aunque fuesen escalones para vuestro ascenso. Yo os pregunto: ¿con qué cara, con qué ánimo asumís un cargo que, ciertamente, no ha sido concedido a vos, sino a vuestros antepasados? ¿Qué impudicia, qué locura es esta de apropiarse del valor ajeno mientras no os avergonzáis de vuestros propios vicios? Yo me compadecía de corazón de esta dignidad vuestra: por cuanto permitíais que os quisiera, me excluí de quienes se reían de vos.
Creíais haberme asustado con vuestras nuevas galas: no soy tan miedoso como pensáis. Más bien me habéis irritado; me habéis inflamado; he despreciado un casco resplandeciente y he plantado cara a un joven armado: ¿cómo iba a temer del birrete rojo de un viejo togado? Yo no tengo miedo de nada, cuando digo la verdad. Ya lo he dicho: únicamente temo a los que amo; yo os temía mientras os amaba; me habéis obligado a dejar de amaros y pretendéis, si no me equivoco, que os tema, y con ánimo liviano os apropiáis de lo que decía un trágico: “Que me odien, con tal de que me teman”.[10] Yo, por mi parte, os odiaré y os despreciaré. Queríais parecer terrible: os habéis convertido en despreciable. No querría yo, por Júpiter, que se conociese la estima en que yo os tenía, para no perder la consideración de esos críticos que no aprecian nada que no brille, ignorantes de aquello que se oculta bajo la púrpura con la que os recubrís, a la vez, vos y vuestra montura. (Y no está fuera de lugar que sea una sola la cobertura para dos animales que poseen una misma sensibilidad). ¡Pero no, por Hércules! Quiero que todos sepan cuánto os desprecio y quién os admira, y así ser tenido en gran valor por algún que otro crítico por haber osado despreciar las riquezas, mostrarme digno de Dios y haber sabido discernir entre las sombras de las cosas y las cosas mismas y los auténticos bienes, haber execrado el oro, venerado la virtud, despreciado a Alejandro y admirado a Diógenes.[11] Buscaos a otro que os tema a vos y a vuestras galas: yo no puedo ser tan necio como para venerar, entre tanto oro, tan poca virtud, ni dejar de horrorizarme ante una grandeza que no se basa en fundamentos propios, sino en ajenos; quien así obra, con mal apoyo cuenta y, débil y vacilante, se encamina hacia su ruina.
NOTAS
[1] Juvenal, III, 40-41. Traducción de Manuel Balasch. Gredos, Madrid, 1982; nueva ed., RBA, Barcelona, 2008, pág. 58.
[2] Juvenal, XIII, 4-5. Traducción de Manuel Balasch. Gredos, Madrid, 1991, pág. 403.
[3] La epilepsia. Se trata de una calificación tradicional que Hipócrates impugnó, sin éxito.
[4] De refiere a los Visconti, por entonces dueños y señores de Milán, donde a la sazón vivía Petrarca.
[5] Militar griego que fue tirano de Siracusa entre 317 y 289 a.C.
[6] Tirano de Agrigento entre 570 y 554 a.C.
[7] Rey mítico de Egipto, fundador de la dinastía tebana, incorporado a la mitología griega como quien capturó a Heracles y, tras liberarse este, fue muerto por él.
[8] Sombrerillo propio de los cardenales.
[9] El tráfico de cargos eclesiásticos y otros favores religiosos recibe el nombre de simonía.
[10] “Oderint dum Metuant”. De hecho, es una frase atribuida a Calígula por Suetonio, Vidas de los doce césares, IV, 30, 2. Traducción de Rosa Mª Agudo Cubas. Gredos, Madrid, 1992, vol. II, pág. 41.
[11] Alusión a la célebre anécdota narrada por Diógenes Laercio (Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, IV, 38) a propósito de un supuesto encuentro entre Alejandro Magno y Diógenes de Sínope.
En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.
François-René de Chateaubriand
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[γνωθι σεαυτόν] Historia del precepto délfico: de Sócrates a Minucio Félix
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Las razones del humanismo contra la ciencia: el caso de Sócrates
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La naturaleza dual del hombre en el Asclepio
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"Guiados por gracia celestial": el humanismo cristiano y el legado grecolatino
La batalla del ciceronianismo en el Renacimiento italiano
La cultura del parricidio. La Modernidad contra la tradición
Humanismo renacentista y humanismo marxista
Humanismo y tradición a la luz de la hermenéutica
Del anti-humanismo al humanismo del otro hombre
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Sócrates: un enigma ante el espejo
Cicerón, padre del concepto humanitas
El humanismo de Publilio Siro en sus sentencias
Petrarca, ¿humanista cristiano?
Salutati y la naturaleza de la sabiduría humana
Juan de Lucena y el De vita beata
Janus Readers: los lectores de Panonio
La noción de la felicidad del hombre en el Palinurus de Maffeo Vegio
Ficino: religión cristina y teología humanista
Erasmo: "Monachatus non est pietas"
Rudolph Agricola, "padre" del humanismo germánico
Castellio y la idea de tolerancia en el siglo XVI
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Los Discursos filosóficos sobre el hombre, de Juan Pablo Forner
REFLEXIONES
Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo
Sobre la utilidad y el perjuicio del saber para la vida
Rehumanismo contra antropoclastia. Diez notas distintivas del hombre
Razón humanista frente a ideología humanitaria
Conocimiento y dignidad humana en el siglo XXI
Posthumanismo: el suicidio asistido de Europa
En defensa del viejo humanismo
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