“Franciscus scripsit etiam invectivas, ut non solum poeta, sed etiam orator haberetur”.
Leonardo Bruni, Dialogi ad Petrum Paulum Histrum
José Luis Trullo.- El nombre de Francesco Petrarca ha quedado para la posteridad unido al de Laura y al del título de las composiciones poéticas que escribió a su huidiza amada, el Cancionero. Sin embargo, el aretino fue autor de una extensa obra latina: poemas épicos como el África, que quedó inconcluso; Sobre los hombres ilustres, una colección de biografías encomiásticas de grandes hombres de la antigüedad, que tampoco llegó a finalizar; las Epístolas métricas, un ejercicio retórico algo pedante inspirado en Horacio; o La vida solitaria, un tratado en defensa del retiro como modo de cultivar el espíritu frente a la barahúnda de la existencia en sociedad. A estas obras hay que agregar las invecticas, una serie de obras escritas durante la segunda mitad de su vida en defensa de ciertos valores que consideraba amenazados, y contra quienes los defendían.
Como advierte David Marsh en su edición de las mismas,[1] en ellas el autor libra un combate contra cuatro de las referencias intelectuales y sociales más importantes de su época: la medicina, la jerarquía eclesiástica, la filosofía escolástica y la cultura francesa. Petrarca no percibía sus invectivas como meros desahogos personales (para esa función ya contaba con su epistolario), sino como piezas dotadas de un valor y de una relevancia social; por eso, en lugar de reservárselas para sí mismo, se tomó la molestia de darlas a la difusión en vida, durante una primera fase, mediante la copia manuscrita. Ello revela que Petrarca no se percibía a sí mismo como un mero poeta, es decir, como un literato raso que se conforma con sus composiciones líricas, sino que se sentía llamado a asumir el papel de lo que, en la actualidad, llamaríamos ‘intelectual’: alguien cuya formación, su conciencia y su sentido de la responsabilidad cívica obligan a salir a la palestra y alzar la voz en favor de la verdad y en contra de los abusos (en este caso, de índole filosófica o, en un sentido lato, cultural). A ello contribuía, además, su carácter vehemente, propenso a inflamarse por motivos, unas veces nobles, otras no tanto. En cualquier caso, la imagen que nos brinda el poeta de sí mismo en estos textos resulta harto contradictoria con la que muestra en su poemario.
Invectiva contra un médico (1355)
Fue la primera que escribió, a raíz de un encontronazo con uno de los médicos que atendían al papa Clemente VI. El sumo pontífice cayó enfermo, en diciembre de 1531; cuando parecía que se recuperaba, Petrarca le hizo llegar una epístola (Seniles, 16, 3), fechada en febrero de 1352, en la cual le animaba a desprenderse de la cohorte de médicos que le rodeaba y se quedase con uno solo; el papa le pidió que se explicase con mayor extensión, cosa que hizo el poeta (Familiares 5, 19) al mes siguiente. Esta carta motivó una agria respuesta por parte de uno de dichos médicos, lo cual, a su vez, provocó que Petrarca le enviase una misiva que, convenientemente remozada y ampliada con una segunda respuesta por su parte, acabó convirtiéndose en la Invectiva contra un médico, datada en el año 1355. En ella, que examinaremos después, el poeta se decanta por el arte de la retórica frente a la técnica ‘mecánica’ y deshumanizada de la medicina, tal y como se practicaba en su época. Ahora bien, no es la dialéctica propia de los escolásticos la que defiende, sino una discursividad edificante de carácter poético. Se puede leer una paráfrasis comentada en castellano en este enlace.
Invectiva contra un hombre de alto rango (1355)
Entre marzo y agosto de 1355, Petrarca, que a la sazón residía en Milán, escribió una invectiva más breve, aunque con un título más extenso: Invectiva contra un hombre de alto rango aunque sin cultura ni virtud. Dirigida contra el cardenal Jean de Caraman, en ella arremetía contra la arrogancia del prelado y, echando mano de argumentos propios de la sática clásica, le oponía la libertad de la cual él mismo gozaba en la corte de Giovanni Visconti. Se puede leer el texto íntegro, en versión castellana, en este enlace.
Sobre su ignorancia y la de muchos (1371)
A partir de 1362, Petrarca vivió en Venecia, donde recibió un inesperado ataque por parte de su propio círculo de amigos, entre ellos varios filósofos aristotélicos, quienes —según cuenta el propio poeta— le habían tendido una trampa, hartos de las críticas que recibían por parte de los primeros humanistas. Además de avezados dialécticos, dichos amigos componían una suerte de pequeña representación del patriciado véneto: el soldado Leonardo Dandolo, el mercader Tommaso Talenti, el noble Zaccaria Contarini y el médico Guido da Bagnolo. (Estos nombres no los consigna el autor, sino que aparecen anotados al margen en sendos manuscritos). Esta obra cuenta con una primera versión, datada en 1367; posteriormente fue corregida, remitida y dedicada a Donato Albanzini en una carta de enero de 1371. En la invectiva, Petrarca opone el aristotelismo pagado al humanismo cristiano, con el auxilio de eventuales recursos a la tradición clásica, como el Cicerón de Sobre la naturaleza de los dioses: aunque admite que tanto Aristóteles como el Arpinate fueron grandes hombres, con paulina severidad denuncia la limitación de su perspectiva, a la cual le falta la iluminación de la fe de Cristo. Más allá de sus elementos polémicos, esta obra supone una suerte de manifiesto intelectual que configuró el decurso futuro del humanismo del Renacimiento. Hay versión castellana, publicada por Cypress, en este enlace.
Invectiva contra un detractor de Italia (1373)
En la primavera de 1368, Petrarca escribió una carta al papa Urbano V (Seniles, 9.1) en la que urgía a trasladar la sede de la curia a Roma. Dicha misiva dio pie a la respuesta del teólogo Jean d’Hesdin, quien arremetía contra la ciudad italiana como pozo de vicio y corrupción, ponderando la superioridad de la francesa. El poeta defendió en su obra la gloria de Italia, apelando a romanos ilustres como Cicerón o Varrón, empleando técnicas retóricas que, durante el Quattrocento, emularían otros humanistas para tratar de refutar a sus adversarios dialécticos.
El lenguaje agresivo de las invectivas petrarquianas puede sorprender a quienes solo conocen al poeta por sus delicadas composiciones en honor a Laura. A menudo, el tono y los recursos de estos textos apuntan más al Inferno de Dante que al propio Cancionero, aunque este último también incluía, por ejemplo, referencias despectivas a la ciudad de Aviñón. En cualquier caso, el autor adopta una estrategia verbal que bebe directamente de la tradición satiríca latina, en especial en la invectiva Contra un médico y en Sobre su ignorancia. Recordemos que la sátira clásica arremetía explícitamente contra una persona por motivos tales como su origen, educación, profesión, vicios morales, características físicas, etc. En cierto sentido, era una prolongación literaria de la llamada oratoria epidíctica, concebida para ensalzar o denigrar a un particular, normalmente en un contexto político o judicial, tratando de defenderle o atacarle ante el auditorio. Cicerón escribió algunos discursos célebres de este cariz, como Contra Vatinio o Contra Pisón. El talante de este tipo de escritos que harto claro en el principio de este último:
¿No ves, monstruo, no comprendes que todos los hombres se quejan de tu aspecto? Nadie lamenta que un no sé qué Siro de la nueva grey haya sido hecho cónsul. No nos engañó ni el color de este servil, ni sus velludas mejillas, ni sus podridos dientes; los ojos, las cejas, la frente, todo el rostro, en fin, intérprete mudo de los sentimientos del alma, es lo que inclinó á los hombres en tu favor, lo que ilusionó, sedujo e impulsó a los que no te conocían. Pocos éramos los enterados de tus sucios vicios.
No hay que olvidar, además de este precedente histórico ilustre, el de los apologistas cristianos antiguos quienes, como en el caso de Tertuliano, empleaban una retórica inflamada y desmedida, en su caso, contra los paganos.
Petrarca no siempre evita estos métodos de execración personal para decantarse por arremeter de un modo más genérico contra su oponente con todo tipo de circunloquios destinados a desmerecerle en un plano conceptual. Cierto es que, en todo momento, se incurre en una persistente polaridad pro/contra, de manera que el texto acaba por presentar el aspecto de un alegato algo rígido y previsible (una técnica que retomarán los humanistas del Renacimiento, caso de nuestro Hernán Pérez de Oliva en su Diálogo de la dignidad del hombre), riesgo que conjura Petrarca mediante la interpolación de citas clásicas y reflexiones personales de gran riqueza e interés.
Petrarca se ceba de manera recurrente en una faceta común a sus adversarios: la necedad de su comportamiento. En las invectivas Contra un médico y Contra un hombre de alto rango, les califica, sin ambages, de “locos”; en Contra un detractor de Italia, le pregunta retóricamente: “¿Cómo puede vivir en semejante estado de estupidez?”. Aparte, echa mano de símiles animales para degradar a su adversario, llegando a compararles con ratas, asnos, monos, murciélagos, gallos, sapos o víboras, o les acusa de “ladrar como un perro”. En su espiral de imprecaciones, Petrarca no duda en acusar a los médicos de “hurgar en las letrinas a cambio de una magra ganancia”, en referencia al estudio de las heces para detectar rastros de sangre. Las alusiones escatológicas son abundantes en estas invectivas, y ofrecen un rudo contraste con la sublime dicción de sus poemas amorosos.
Sea como fuere, Petrarca tuvo éxito con sus invectivas, condenando a sus oponentes al ostracismo y logrando imponer sus valores morales e intelectuales a la posteridad. De hecho, la invectiva Contra un médico fue traducida al italiano diez años después de la muerte del autor por Domenico Silvestre, amigo de Boccaccio. Se conservan hoy en día más de cuarenta copias manuscritas de dicha obra, así como más de veinte de la dirigida Contra un detractor de Italia. A principios del siglo XV, las invectivas formaban parte del canon de obras latinas que los jóvenes humanistas leían con entusiasmo. Leonardo Bruni las cita en uno de sus diálogos con Pier Paolo Vergerio, y en él un autor tan meticuloso como Niccolò Niccoli las pone como ejemplo de habilidades retóricas a considerar e imitar. Asimismo, Lorenzo Valla herederá su espíritu belicoso en sus sucesivas invectivas contra Bartolomeo Facio y Poggio Bracciolini.
[1] Invectives. I Tatti Renaissance Library. Harvard University Press, Cambridge,
Mss./Londres, 2003.
En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.
François-René de Chateaubriand
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[γνωθι σεαυτόν] Historia del precepto délfico: de Sócrates a Minucio Félix
De los dioses antropomorfos grecorromanos al hombre teomorfo cristiano
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Las razones del humanismo contra la ciencia: el caso de Sócrates
Platón y el destino del hombre
La naturaleza dual del hombre en el Asclepio
La idea renacentista de Antigüedad cristiana
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"Guiados por gracia celestial": el humanismo cristiano y el legado grecolatino
La batalla del ciceronianismo en el Renacimiento italiano
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Humanismo renacentista y humanismo marxista
Humanismo y tradición a la luz de la hermenéutica
Del anti-humanismo al humanismo del otro hombre
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Sócrates: un enigma ante el espejo
Cicerón, padre del concepto humanitas
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Petrarca, ¿humanista cristiano?
Salutati y la naturaleza de la sabiduría humana
Juan de Lucena y el De vita beata
Janus Readers: los lectores de Panonio
La noción de la felicidad del hombre en el Palinurus de Maffeo Vegio
Ficino: religión cristina y teología humanista
Erasmo: "Monachatus non est pietas"
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Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo
Sobre la utilidad y el perjuicio del saber para la vida
Rehumanismo contra antropoclastia. Diez notas distintivas del hombre
Razón humanista frente a ideología humanitaria
Conocimiento y dignidad humana en el siglo XXI
Posthumanismo: el suicidio asistido de Europa
En defensa del viejo humanismo
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