Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo



"Las puertas del Cielo abriéndose de par en par", obra de William Blake



“Créeme, Torcuato, hemos nacido para cosas más altas”.
(Cicerón, Del supremo bien y el supremo mal, 113)

 

En nuestros días, el “hombre” no tiene quien le defienda:

-     por un lado, nos encontramos con el contrahumanismo y sus máscaras (antiespecismo, animalismo), que le niega su centralidad e incluso lo evalúa como causante de un cataclismo planetario, climático, ecológico, cuando no sideral;

-     por otro lado, el transhumanismo, que le arranca de sus goznes clásicos (cuerpo, identidad personal, pertenencia a una tradición) para prometerle un remedo de la eternidad en forma de “transmigración de los recuerdos”.

Ambos impugnan el concepto clásico del hombre pero también el moderno, ya que estos comparten una idea del mismo como centro del orbe, “medida de todas las cosas”.

En un plano estrictamente intelectual (dejando al margen otros factores de índole social, técnica, científica e incluso meramente material), el antecedente inmediato de este panorama desolador y sus pavorosas consecuencias históricas lo constituyen, por un lado, el estructuralismo, en concreto Michel Foucault y su anuncio de la muerte del hombre, y Friedrich Nietzsche con su proclamación de la muerte de Dios.

En mi opinión, ambas muertes (o quizás cabría hablar de asesinatos) van de la mano. De hecho, no tiene nada de raro que una y otra se produzcan en un lapso de tiempo relativamente breve ˗menos de cien años˗, pues el vínculo entre el humanismo y Dios, o los dioses, es una constante en la tradición occidental, desde Platón, los estoicos y Cicerón en adelante.

Es más que probable que el estropicio integral que estamos padeciendo en nuestros días en todos los órdenes de la sociedad tengan sus bases necesarias en la proscripción de toda índole de trascendencia de naturaleza espiritual, sea religiosa o de otro orden. No nos llamemos a engaño: en el plano de los hechos, el antónimo de trascendencia no es inmanencia, sino intrascendencia, esto es, irrelevancia, nihilismo.

Ignoro si esta deriva es reversible; tampoco creo que baste con elaborar diagnósticos persuasivos para poner pie en pared y desviar el curso de una sociedad que parece decidida a entregarse sin resistirse a una extraña pulsión de muerte. Puede que ya sea demasiado tarde y haya poco que podamos hacer. En cualquier caso, es nuestro deber moral no dejarnos arrastrar por la corriente que amenaza con llevárselo todo por delante, y proponer alguna alternativa al desaguisado en el que nos encontramos inmersos.

¿Cuál es esa alternativa? A mi parecer, el futuro de Occidente pasa, de nuevo, por un retorno. Y digo de nuevo porque ya ocurrió en el Renacimiento, cuando el gran “salto adelante” que experimentó nuestro mundo en todos los ámbitos de la cultura pasó por recuperar a los clásicos, no solo grecolatinos, sino también judeocristianos: no se olvide que los humanistas protagonizaron una encomiable labor de restauración del legado bíblico y patrístico, tanto de carácter filológico como teológico y doctrinal.

Pues bien, este retorno ya tiene un nombre: es el de rehumanismo, un concepto pergeñado por Jesús Cotta en 2020, en un artículo publicado en la revista digital Numen,[1] y que ha venido desarrollando en los últimos tiempos con aportaciones de gran valor.

Este rehumanismo mantendría respecto al humanismo del Renacimiento la misma relación y funcionalidad que en su momento tuvo éste respecto a la Antigüedad: revalorización de conceptos y tradiciones truncadas, rescate de textos y autores poco conocidos cuando no marginados por el “mainstream” dominante; y, sobre todo, diálogo fecundo e integración crítica de aquellas categorías de las cuales no podemos prescindir, dado su utilidad inmarcesible para calar en lo hondo de lo humano.

Este es el núcleo duro de todo el debate: si existe o no lo humano en cuanto tal, más allá de circunstancias y contextos epocales, o por el contrario se trata de una instancia espuria, fruto de una abstracción forzada ya que (según aducen sus detractores), o bien los individuos constituyen meras mónadas ambulantes, o bien están determinados por condicionantes externos de todo tipo: género, raza, orientación sexual, clase social...

En definitiva, está en juego la viabilidad misma de un concepto como el de humanidad, que a la postre es la auténtica conquista de la cultura occidental, su fruto más preclaro.

Como es natural, un rehumanista tiene la convicción, no solo de que lo humano existe, sino que es la única esperanza para no precipitarnos por el abismo en cuanto especie. Han sido necesarios siglos de esforzada reflexión para avizorar nociones que, hasta hoy mismo, resultan insoslayables: que todas las personas nacemos libres e iguales, dotadas de razón y capacidad de lenguaje; que compartimos una misma naturaleza y estamos llamadas a encontrar “un lugar en el mundo” que dote de sentido a nuestra existencia, en el marco de una sociedad regida por valores morales y una voluntad más o menos explícita de permanecer, bien en forma de vida de ultratumba, bien en el recuerdo de las generaciones futuras.

Ahora bien, no basta con este grado cero de lo humano, por debajo del cual apenas nos espera el hórrido mundo de la bestialidad (que carece de otra perspectiva más allá del aquí y ahora que les brinda su inserción en un mundo plano y sin dimensión moral ni social, por mucho que los etólogos se empeñen en llamar “comunista” a una colmena regida por una reina). La única esperanza, ya no para el humanismo, sino para el propio ser humano, pasa por retomar la senda perdida, aquella por la que transitaron los clásicos de la Antigüedad y, tras ellos, los humanistas del Renacimiento y los que les siguieron. Sí: abogamos por una auténtica restauración.

Este humanismo redivivo, o rehumanismo, no se conforma con mantener intacto el suelo que le separa de la animalidad (un suelo, por lo demás, amenazado desde dentro por los contrahumanistas), sino que nos recuerda el techo hacia el que debemos aspirar, y que es el que establece una cesura, esta ya insalvable, con cualquier otra criatura del planeta (incluidas las mascotas). Ese horizonte aspiracional que los humanistas de todas las épocas han tenido claro, y que ha sido formulado bajo nomenclaturas siempre cambiantes (eudaimonía, súmmum bonum), es el que distingue a la humanidad y la orna de un destino incomparable. Basta con leer a los clásicos (paganos y cristianos) para que se perciba la impregnación teleológica de sus análisis antropológicos. En ellos, el hombre no es únicamente un ser de naturaleza digna, bien por su origen, bien por sus talentos, sino que merece encomio por estar llamado a algo más alto: de hecho, a lo más alto, ya sea la sabiduría o la salvación.

Llamo a comparecer a Giovanni Pico della Mirandola, un autor al que con frecuencia se ha querido ver como un moderno avant la lettre, cuando lo cierto es que es un pensador que no se aparta un ápice de la tradición humanística anterior, y aún más, de la patrística, como demostró sobradamente Eugenio Garin en su momento. Sacando de contexto una afirmación suya, que por lo demás tampoco era original (la de que la naturaleza humana es “indeterminada” y está en sus propias manos el degradarse o prosperar), se le atribuye la paternidad del libre pensamiento y, casi, de las mismísimas Luces.

Lo cierto es que la afirmación de Pico la realiza en el marco de una profunda reflexión que incumbe a ese horizonte aspiracional al que acabo de hacer referencia. Escribe:

Puesto que hemos nacido en la condición de ser lo que queramos, que nuestro deber es cuidar principalmente de esto: que no se diga de nosotros que, habiendo sido puestos en sitial de honor, no nos hemos dado cuenta de habernos vuelto semejantes a los brutos y a las estúpidas bestias de labor. Mejor que se repita acerca de nosotros el dicho del profeta Asaf: «Sois dioses, hijos todos del Altísimo». De modo que, abusando de la indulgentísima liberalidad del Padre, no hagamos para nosotros nociva en vez de saludable esa libre elección que Él nos ha dado. Invada nuestro ánimo una cierta ambición sagrada de no contentarnos con cosas mediocres, de anhelar las más altas, de esforzarnos por alcanzarlas con todas nuestras fuerzas, dado que podemos, si lo deseamos. Desdeñemos las cosas terrenas, despreciemos las astrales y, abandonando por fin lo que es del mundo, volemos a la sede ultramundana, próxima a la eminentísima divinidad. Allí, como nos transmiten los sacros misterios, los Serafines, los Querubines y los Tronos ocupan los primeros puestos. También de éstos emulemos la dignidad y la gloria, incapaces ahora de desistir y sin conformarnos con los segundos puestos. Con sólo quererlo, no seremos en nada inferiores a ellos.[2]

Queda claro cuál es el deber (ese es el término que usa Pico) al que ha de responder el hombre si quiere estar a la altura de la dignidad que le ha sido concedida: la de “anhelar cosas más altas”, en la línea de la cita inicial de Cicerón. Si la “libertad” congénita de la que disfruta el hombre desde que nace[3] no se emplea para emprender un camino ascensional ˗en este caso, hacia Dios˗, estará fracasando en su tarea existencial más propia, pues es la única criatura capaz de acometerla.

La tragedia del mundo contemporáneo, y el desgarro al que se ve sometido el hombre de nuestra época, es que las únicas metas que se le brindan discurren a ras de suelo: son los placeres rastreros, las gratificaciones mundanas, la satisfacción ramplona de los bienes materiales y / o reputacionales. Para desplegar su esencia íntima, su vocación cósmica, el hombre ha de volver la mirada al cielo, apartarla de lo inmediato y sus cantos de sirena.

Como Ulises, para regresar a Ítaca debemos atarnos al palo mayor: moderar las pasiones más primarias, contener los instintos poniéndolos al servicio de cometido dignos, estar a la altura del privilegio que nos ha sido concedido de ser entes dotados de razón, y no amasijos de hormonas y neuronas sometidas a la tiranía de nuestro ADN. Para ello, es preciso recobrar la trascendencia como espacio propio de lo humano: devolver el materialismo a su justa medida, la de la investigación del mundo físico, y rescatar conceptos sin los cuales resulta inviable volver a transitar la senda que abrieron los clásicos: y el más eminente de ellos, el concepto de alma. No por azar advierte Yuval Noah Harari que “en esencia, los humanos no somos tan diferentes de ratas, perros, delfines y chimpancés. Al igual que ellos, carecemos de alma”.[4] Así es. Desalmados, los hombres del siglo XXI no son capaces de mirar al cielo: viven prisioneros del suelo, como las cucarachas. He ahí el origen de todas sus angustias.

José Luis Trullo 


(Texto de la participación del autor en el coloquio sobre humanismo celebrado en la Cátedra del Diálogo y la Búsqueda en la Universidad de la Mística de Ávila, el 17 de mayo de 2023).


 

NOTAS


[1] https://www.revistanumen.es/2020/01/rehumanismo-el-valor-de-la-fraternidad.html

[2] Giovanni Pico della Mirandola, Discurso sobre la dignidad del hombre. Una nueva concepción de la filosofía. Estudio preliminar, traducción y notas de Silvia Magnavacca. Buenos Aires, Ediciones Winograd, 2008, pág. 213.

[3] La cual, por lo demás, no tiene nada de moderna, sino que se encuentra inscrita en la tradición humanista cristiana prácticamente desde sus albores: véase el análisis que realiza Nemesio de Émesa de su autonomía en cuanto ser racional en Sobre la naturaleza del hombre, recientemente traducida por primera al español por Ciudad Nueva. Cfr. mi “De la autonomía a la providencia. Nemesio de Emesa y la antropología patrística: http://www.humanistas.eu/2023/05/de-la-autonomia-la-providencia-nemesio.html. Pero es que, además, el propio Santo Tomás de Aquino se expresa en parecidos términos en su Tratado sobre la bienaventuranza, incluido en la Suma teológica.

[4] Homo Deus. Breve historia del mañana. Barcelona, Debate, 2016, pág. 148.