El aforismo moral como destilación de lo humano


Un monstruo incomprensible.
Retablo de moralistas franceses

Edición de José Luis Trullo 
Renacimiento, Sevilla, 2025

Andrés Rodríguez Rodríguez.- Un monstruo incomprensible. Retablo de moralistas franceses se presenta como una defensa implícita —pero firme— de una forma de pensamiento que ha acompañado a la tradición humanista desde sus orígenes: el aforismo. Lejos de ser un género menor o una concesión a la brevedad contemporánea, el aforismo constituye una de las expresiones más exigentes del pensamiento moral, en la medida en que obliga a concentrar en unas pocas líneas una experiencia vital prolongada, una intuición antropológica madura y una forma estilística capaz de resistir el paso del tiempo.

La concisión aforística no nace de la prisa, sino de la madurez. Ya en la Antigüedad clásica, desde los aforismos hipocráticos hasta las sentencias estoicas de Séneca o Epicteto, la brevedad aparece asociada a la pedagogía moral: aquello que debe ser recordado en el momento decisivo de la vida ha de ser formulado de modo claro, rítmico y memorable. Esta misma lógica atraviesa el humanismo renacentista —pensemos en los Ensayos de Montaigne o en la tradición sapiencial que culmina en Baltasar Gracián— y alcanza en los moralistas franceses una de sus cristalizaciones más refinadas.

Los autores sabiamente convocados en este volumen, que abarcan del siglo XVII al XIX, comparten una misma actitud intelectual: la observación penetrante de la conducta humana sin ingenuidad ni sentimentalismo, pero también sin renunciar a la posibilidad de verdad, virtud y sentido. En ellos, el aforismo no funciona como dogma ni como consigna, sino como invitación a la reflexión personal. Cada sentencia es un espejo incómodo en el que el lector se ve obligado a reconocerse.

Madeleine de Souvré inaugura el conjunto con una ética de la fortaleza interior que recuerda tanto al estoicismo clásico como a la tradición cristiana de la humildad. Cuando afirma que solo las almas fuertes saben rectificar, apunta a una virtud intelectual que Montaigne consideraba esencial: la capacidad de corregirse a sí mismo sin humillación. Asimismo, su disposición a “recibir la verdad, venga de donde venga” entronca con una concepción del saber ajena al orgullo doctrinal, muy próxima al ideal humanista del libre examen.

La Rochefoucauld radicaliza esta mirada mediante un análisis implacable del amor propio. Su insistencia en la opacidad de las motivaciones humanas y en la facilidad con que proyectamos en los otros nuestros propios defectos lo sitúa en una línea que Nietzsche prolongará siglos después, cuando denuncie la moral como una construcción interesada y psicológicamente condicionada. Sin embargo, a diferencia del filósofo alemán, La Rochefoucauld no busca una transvaloración de los valores, sino una desmitificación moral que permita al individuo conocerse con mayor lucidez.

En Pascal, el aforismo adquiere una profundidad metafísica singular. Sus reflexiones sobre la diversión como huida de uno mismo o sobre la incapacidad humana para afrontar el pensamiento de la muerte revelan una antropología trágica que no se agota en el análisis psicológico. Pascal comparte con San Agustín —y, en otro registro, con Ortega y Gasset— la convicción de que el hombre es un ser descentrado, incapaz de comprenderse plenamente sin referencia a una instancia trascendente. El “monstruo incomprensible” no es solo una paradoja racional, sino una herida ontológica que va sangrando su propio devenir histórico.

La Bruyère introduce una dimensión más social y descriptiva, cercana al moralista observador de costumbres. Su invitación a aceptar los defectos humanos como rasgos naturales recuerda al realismo de Montaigne, quien prefería describir al hombre “tal como es” antes que imaginarlo como debería ser. Al mismo tiempo, su crítica del sectarismo anticipa preocupaciones muy actuales sobre la degradación del juicio intelectual en contextos ideologizados.

Vauvenargues, Malesherbes y Chamfort intensifican la reflexión política y social. En Vauvenargues, la oposición entre justicia y fuerza evoca una tensión permanente de la filosofía política moderna, que atraviesa desde Maquiavelo hasta Weber. Malesherbes, al situar la igualdad auténtica en las virtudes y no en las condiciones externas, se adelanta a una crítica humanista del igualitarismo abstracto, compatible con la defensa de la dignidad común. Chamfort, por su parte, describe la sociedad como un campo de colisión de vanidades, con una lucidez que Ortega habría reconocido como diagnóstico de la “vida desmoralizada” de las masas.

Rivarol y Joubert reflexionan sobre el propio acto de pensar. El primero concibe los métodos como hábitos de la inteligencia, subrayando que el pensamiento no es solo contenido, sino forma de vida; el segundo aspira a acuñar la sabiduría en sentencias transmisibles, como hiciera Gracián en su Oráculo manual. Joubert encarna, además, una ética del juicio prudente y del silencio, profundamente afín al ideal clásico de la sophrosyne.

Chateaubriand cierra el retablo con una mirada histórica y casi escatológica. Su afirmación de un principio de destrucción inscrito en todo lo humano, cuyo sentido último solo Dios conoce, devuelve la reflexión moral a un horizonte de trascendencia que la modernidad tiende a olvidar. En ello se aproxima tanto a Pascal como, paradójicamente, a Nietzsche, en la medida en que ambos perciben la fragilidad radical de las construcciones humanas, aunque extraigan de ello conclusiones opuestas.

La vigencia de estos moralistas en el presente no reside en la actualidad de sus ejemplos, sino en la permanencia de su objeto: la naturaleza humana. En una época dominada por la aceleración, la consigna y la polarización, el aforismo exige pausa, interiorización y diálogo con una tradición que atraviesa siglos. Como advertía Ortega, solo quien se sitúa a la altura de su tiempo puede dialogar verdaderamente con el pasado. Este retablo demuestra que la brevedad, cuando es fruto de la sabiduría, puede seguir iluminando nuestras contradicciones más profundas y recordarnos que pensar bien sigue siendo una forma de vivir mejor.



En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.



III CONGRESO NACIONAL DE HUMANISTAS
Sevilla, 16-17 de octubre de 2025




ENCUENTROS CON LOS CLÁSICOS




EL BANQUETE DE LOS HUMANISTAS




FUENTES

Cicerón

Séneca

Isidoro de Sevilla

Leonardo Bruni

Lorenzo Valla

Leon Battista Alberti

Guillaume Budé

Girolamo Savonarola

 Marsilio Ficino

Giovanni Pico della Mirandola

Charles de Bovelles

Antonio da Barga

Ambroise Paré

Pierre de Ronsard

Juan Luis Vives

Marco Antonio Camós

Pietro Pomponazzi

François de Rabelais

Francisco Sánchez

Cornelius Agrippa

Pierre Charron

Blaise Pascal

Alexander Pope

François-René de Chateaubriand

TEMAS

Tradición y fuentes del humanismo

[γνωθι σεαυτόν] Historia del precepto délfico: de Sócrates a Minucio Félix

De los dioses antropomorfos grecorromanos al hombre teomorfo cristiano

Las razones del humanismo contra la ciencia: el caso de Sócrates

Platón y el destino del hombre

La naturaleza dual del hombre en el Asclepio

La idea renacentista de Antigüedad cristiana

La impronta cristiana en el concepto de dignitas hominis en el Renacimiento italiano

"Guiados por gracia celestial": el humanismo cristiano y el legado grecolatino

La batalla del ciceronianismo en el Renacimiento italiano

La cultura del parricidio. La Modernidad contra la tradición

Humanismo renacentista y humanismo marxista

Humanismo y existencialismo

Humanismo y tradición a la luz de la hermenéutica

Del anti-humanismo al humanismo del otro hombre



OBRAS Y AUTORES

Sócrates: un enigma ante el espejo

Cicerón, padre del concepto humanitas

El humanismo de Publilio Siro en sus sentencias

Petrarca, ¿humanista cristiano?

Salutati y la naturaleza de la sabiduría humana

Juan de Lucena y el De vita beata

Janus Readers: los lectores de Panonio

La noción de la felicidad del hombre en el Palinurus de Maffeo Vegio

Marsilio Ficino, de la miseria del hombre al amor de Dios

Ficino: religión cristina y teología humanista

Erasmo: "Monachatus non est pietas"

Rudolph Agricola, "padre" del humanismo germánico

Castellio y la idea de tolerancia en el siglo XVI

En torno a los diálogos de Antonio Brucioli

Comenius y la disciplina de hacerse humano

Los humanismos del Quijote

Los Discursos filosóficos sobre el hombre, de Juan Pablo Forner


REFLEXIONES

Volver al hombre

La tradición traicionada

Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo

Sobre la utilidad y el perjuicio del saber para la vida

Rehumanismo contra antropoclastia. Diez notas distintivas del hombre

Razón humanista frente a ideología humanitaria 

Conocimiento y dignidad humana en el siglo XXI

Humanismos del siglo XXI

Posthumanismo: el suicidio asistido de Europa

En defensa del viejo humanismo


ENTREVISTAS

Luis Frayle Delgado 

Jesús Cotta

Carlos Marín-Blázquez

Armando Pego Puigbó

Javier García Gibert

Javier Recas

Antonio Barnés

Manuel Neila



RESEÑAS

Un manifiesto contra la amnesia cultural: El banquete de los humanistas

La apertura del saber a lo eterno: De su ignorancia y la de muchos

Lorenzo Valla, Sobre el verdadero y el falso bien

De la autonomía a la providencia: La naturaleza del hombre

Al rescate de la Edad Media: Un tiempo entre luces 

Petrarca nuevamente intempestivo: Remedios para la vida 

Por la educación hacia la libertad: Sobre la juventud, de Fox Morcillo



VÍDEOS

Vigencia y necesidad del canon occidental