En defensa de los estudios clásicos: argumentos y testimonios



Detalle de la fachada de la Casa de Pilatos, en Sevilla
(Foto de José Luis Trullo)


En su firme compromiso en defensa del conocimiento crítico de la cultura occidental, Humanistas rompe una lanza a favor de la pervivencia en nuestros días del legado de la tradición griega y latina, así como de la utilidad social y personal de su cultivo y difusión. Para ello, hemos contactado con una docena de personas relacionadas profesionalmente con dicho ámbito (desde nonagenarias hasta veinteañeras en activo) para que compartan sus experiencias y reflexiones al respecto. No todas han aceptado participar -de hecho, lamentamos que hayan declinado la invitación dos jóvenes investigadores con un gran futuro en el sector-, pero quienes sí lo han hecho han enviado sus contribuciones con total libertad, sin restricción formal y conceptual, lo cual explica su heterogeneidad. En cualquier caso, les hicimos llegar a todos tres cuestiones a modo de guía:

¿Cómo decidiste dedicarte a esta especialidad?

¿Cuál es tu experiencia en relación a la especialidad de clásicas?

¿Qué valor crees que tiene tanto en un plano personal como social?

Reproducimos los textos por orden de edad de sus autores, del más mayor a la más joven, y les agradecemos su participación. Ilustra el reportaje un pequeño recorrido fotográfico por la estatuaria pública de la ciudad de Sevilla, donde se percibe la impronta de la estética clásica en nuestros días.


Luis Frayle Delgado (profesor jubilado y traductor de latín)

Mi formación en el clasicismo grecolatino, especialmente en la lengua latina, fue muy intensa y efectiva y seguramente determinante para mi dedicación a la enseñanza del latín y a la traducción y comentario de textos latinos especialmente de autores de la época clásica y del humanismo renacentista. Me formé en el Seminario y la Universidad Pontificia de Salamanca, donde aprendí latín y leí textos latinos de filosofía y teología y en mi juventud escuche muchas clases en latín, que impartían mis profesores de Filosofía y Teología en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Tengo además un grado de bachiller en Lenguas Clásicas por dicha Universidad Pontificia. He sido profesor de Filosofía y Teología y otras materias en diversos centros académicos, incluso en Latinoamérica. En mi último periodo de docencia he sido catedrático de latín de Institutos de Bachillerato. Me decidí a opositar a latín por inclinación natural a esta materia.

Siempre he considerado el latín como la base de una formación humanista completa, en primer lugar porque es necesario para acceder a la cultura grecolatina, que es la raíz y base de nuestra cultura occidental. Por otra parte porque la lengua latina por su raíz indoeuropea y su estructura y sintaxis se constituye en formadora de la mente humana que capacita para el pensamiento, sobre todo para el pensamiento filosófico; en una palabra la considero un elemento necesario para una formación auténtica y completa del hombre.

Pienso que una de las deficiencias de nuestra sociedad es la eliminación casi total de las enseñanzas clásicas en los estudios obligatorios de los adolescentes y la juventud de hoy. Pienso también que es una de las causas fundamentales de la superficialidad y falta de pensamiento personal de la gran mayoría de la sociedad actual, ya que llevamos muchos años de decadencia del latín y el humanismo en general.
Creo que nos faltan grandes maestros del clasicismo como los hubo en el siglo pasado, quizás hoy olvidados, y que no voy a recordar por su nombre porque fueron muchos y no quisiera omitir ninguno.

La misión de los humanistas de hoy es muy importante. En primer lugar la difusión del humanismo clásico y suplir en lo posible las graves deficiencias en este aspecto de los planes de estudio. En segundo lugar influir en lo que esté de nuestra parte en los gobiernos de turno y en concreto en el Ministerio de Educación para que se vuelva a implantar la lengua latina, lengua madre del español, en los planes de estudio.



Fuente de Híspalis, ​en la plaza Puerta de Jerez de la ciudad de Sevilla
(Fotografía de José Luis Trullo)


María José Martín Velasco (profesora jubilada y traductora de latín y griego)

Me parece curioso que a alguien le interese saber por qué estudié filología clásica. Creo que lo fundamental fue el buenísimo profesor de griego que tuve en el instituto, porque los de latín fueron muy malos. 

Yo tenía muy claro que quería estudiar algo relacionado con la lengua, sin saber muy bien si era idiomas o lingüística. Así que, como vivía en una ciudad en la que no se ofertaban estudios de filología clásica, empecé filología hispánica e inglesa. Luego nos trasladamos a Santiago y me cambié de licenciatura. Así que cuarto y quinto hice filología clásica con muchas asignaturas anteriores. 

Terminé, después de doctorarme, filología hispánica. 

En realidad lo que me gustan son las lenguas y sobre todo la traducción. He estudiado muchos idiomas por pura afición.

A medida que he profundizado en el mundo clásico, me ha entusiasmado más pero tengo que confesar que lo que me gusta es la lengua, más que la cultura. 



Jardines de las Delicias, Sevilla 
(Foto de José Luis Trullo)



Felipe Martínez García (profesor jubilado y traductor de latín)

Siendo adolescente, yo era alumno exitoso más que buen estudiante. Casi todo se me daba bien, pero no sentía inclinación por ninguna materia académica especialmente, hasta que me tocó la asignatura de Latín. Mi mente matemática sintió fascinación por sus construcciones gramaticales y su capacidad para decir tanto con tan pocas palabras. Fue, pues, la parte lingüística la que acabó haciéndome filólogo clásico.

Ya filólogo, empecé a enseñar a otros lo que había aprendido, al tiempo que la afición a las dos lenguas (ya se había sumado el ágil griego) y las lecturas de los clásicos me iban introduciendo en disciplinas humanísticas por las que, siendo un muchacho, no había sentido atracción: la historia, la filosofía, la literatura, etc.

Mi trabajo de profesor me ha dado muchas satisfacciones al ver el progreso de mis mejores alumnos, y el placer de hablar de los clásicos y leerlos de viva voz en la clase. Pero mi mayor ganancia ha sido más íntima y personal. Me di cuenta de que los temas eternos que preocupan a la humanidad están todos expresados ya en latín y en griego. Aunque los que escribieron esos textos eran hombres como nosotros sujetos a sus tiempos y circunstancias, el tiempo ha despojado sus ideas de las coyunturas temporales y las ha legado puras. Personalmente, la lectura de ellas me ha librado de muchos prejuicios, en particular los que se arrastran cuando el pensamiento está circunscrito al tiempo presente, y me ha hecho disfrutar de los campos extensos de las disciplinas humanísticas, que, sin los clásicos, quizás nunca habría visitado, cuando mi inclinación natural es la transformación del medio físico, afición que he conservado.

Personalmente, considero un error apoyarse en un desprecio del valor pragmático de las cosas para defender los estudios clásicos. Precisamente la sabiduría grecorromana es un tesoro que nunca dejará de dar réditos para la humanidad entera. Ahora mismo, en estos tiempos en que el cientifismo aplicado a las disciplinas humanísticas merece el descrédito y puede decirse que en el historicismo sólo hay miseria, las voces de los clásicos hablando del hombre por el hombre nos pueden devolver el entusiasmo por el estudio de las causas de las cosas centrándolo en la naturaleza del ser humano.

Por otra parte, las versiones anticuadas y desusadas de las lenguas actuales, que para la mayoría han sido el vehículo de las ideas antiguas, no resistirán el paso del tiempo mejor que las dos lenguas pioneras, en las que se pueden leer las ideas en su versión primera. He leído a los clásicos y confío en la humanidad, y creo que sabrá hacer el esfuerzo de preservar el valor donde lo hay.

Y no solo las ideas conservadas seguirán teniendo utilidad, sino la propia ingeniería de las dos lenguas en sí mismas. Por mi experiencia de profesor y lector, creo que existe una tendencia a la degeneración de la correcta sintaxis, tan necesaria para la expresión libre de ambigüedades de las sutilezas del pensamiento. En ese sentido, es una inmensa fortuna que la humanidad cuente con la herencia imperecedera y ya inalterable de las dos lenguas antiguas que conformaron las sintaxis de las modernas y pueden reconducirlas si se desvían para mal.



Una de las "victorias aladas" de la plaza de América, en el Parque de María Luisa de Sevilla
(Fotografía de José Luis Trullo)


Tomás Sánchez Rubio (profesor jubilado de latín y griego)

A muy temprana edad, junto a la afición a la lectura y a escribir pequeñas historias sacadas de mi cotidianidad y de mi imaginación, desarrollé un precoz interés hacia el mundo de la Grecia y la Roma antiguas. Fue sobre todo a través de aquel género cinematográfico del péplum, de carácter sobre todo épico y mitológico, y que tan popular seguía siendo en aquella época.

Más tarde, vendría el bachillerato, donde encontré un profesorado excepcional, que no hizo más que acrecentar mi admiración hacia el mundo clásico. No me resisto a mencionar a Esperanza Albarrán, de Griego, a Salvador Granell, de Latín, o a Rafel Vega, de Filosofía. Muy distintos entre sí en personalidad y talante, sin embargo, además de enseñarme todos ellos el valor de lo que es ser docente de vocación y pasión, me hicieron ver el valor intemporal de las lenguas y la civilización clásicas.

Y así decidí seguir también su camino. Durante bastantes años creo haber hecho lo posible ─dentro de mis modestas posibilidades─ por trasladar a mi alumnado el sabor de lo perdurable, de lo eterno, de lo vital que se encuentra en los textos originales en latín y en griego. No pocos de mis alumnas y alumnos han decidido seguir a la vez esta senda.

A pesar del creciente utilitarismo o “practicidad” mal entendida de la que nuestras sociedades hacen alarde, no imagino un futuro, ni cercano ni lejano, sin la enseñanza de la cultura clásica. A pesar del paso del tiempo, los clásicos nos siguen diciendo cosas nuevas, causando nuevas sensaciones, nos emocionan, nos hacen reflexionar y nos ofrecen una multiforme vía de conocimiento, de ese conocimiento que al fin y al cabo es el que nos hace hombres y mujeres libres.



Parque de María Luisa de Sevilla 
(Fotografía de José Luis Trullo)


Jesús Cotta Lobato (profesor en activo y traductor de latín)

Ahora que lo pienso, desde niño he tenido una inclinación muy grande por las palabras, su origen, su historia, su potencial semántico, sonoro y poético y, cuando me encontré con el latín en bachillerato, descubrí por vez primera una lengua luminosa, en el sentido de que cada palabra de ese idioma iluminaba a varias del mío y de otras muchas lenguas del mundo. Para mí fue un descubrimiento que la palabra ombligo viniese de umbilicus y que de ahí viniese umbilical y que esa palabra latina fuese igual en todos los idiomas. Además, fue estudiando latín cuando reparé por vez primera en la estructura del pensamiento, en cómo para emitir mensajes los hombres necesitamos indicar quién ha hecho la acción, quién la recibe, cuál es la acción y en qué circunstancias se ha producido, y he aquí que en latín todas esas exigencias del pensamiento están tan concisa y claramente marcadas en el mensaje, que me resultó fácil y bello ahondar en el pensamiento y en el lenguaje gracias a él.

Luego, cuando pasé al griego, subí a un nivel más alto: aquello fue como acudir al Génesis, al origen de todo, y me recuerdo fascinado deletreando palabras griegas como dýnamis, cosmos, thánatos, sophía. Y luego disfruté mucho aprendiendo a traducir y eso me ha ayudado una barbaridad a escribir, a entender textos complejos, a dominar las oraciones subordinadas y a conseguir estilo.

Otra maravilla que me fascinó en aquel primer contacto fue la historia y el pensamiento que había detrás: me pasó como a los hombres del Renacimiento que de pronto descubrieron que sus ancestros más definitorios habían sido héroes y dioses y filósofos y estrategas; y entonces sentía yo un deseo muy grande de saltarme un poco la generación de mis padres y volver a la de esos abuelos tan desenvueltos. Me pasó como a tantos hombres de la Cristiandad: sentí una fascinación por ese paganismo precristiano que no conocía al Dios omnisciente y omnipotente que se hizo hombre por amor al hombre y que perdona los pecados, sino sólo a dioses favoritistas y pasionales que a veces bajaban a la tierra por asuntos de guerras y amoríos. No son dioses que colmen el corazón, pero son literaria y estéticamente tan interesantes…

Mi experiencia impartiendo estas lenguas en la enseñanza media es que nos enfrentamos a un mundo adverso a ellas; hay un prejuicio inoculado en las meninges de absolutamente todo el mundo, sea de donde sea y vote a quien vote, según el cual el latín y especialmente el griego no sirven para nada. Los alumnos escogen mis asignaturas a pesar de esa presión social en contra, y absolutamente todos se han visto asaeteados por comentarios como:¿Y eso para qué sirve? Te vas a morir de hambre, y un feo etcétera. Así que yo empiezo siempre mis clases felicitándolos por esa decisión valiente y bella.

Con mucha frecuencia entre los compañeros de trabajo y entre los equipos directivos no encontramos los profesores de latín y griego el apoyo suficiente, y se nos mira a veces con recelo porque tenemos pocos alumnos y esos pocos alumnos suelen ser mejores que la media y entonces son inevitables las comparaciones que se hacen los profesores que imparten cursos cursos numerosos y mediocres.

El latín del griego está desapareciendo de muchos institutos porque la ratio que se exige a los directores para poder impartir la asignatura impide muchas veces que salgan los números suficientes, y la tendencia es que en los institutos pequeños haya sólo un profesor de lenguas clásicas o ninguno.

Pero los profesores de latín y griego tenemos una gran ventaja, que ya advertí entre mis compañeros de carrera: somos muy vocacionales, porque solo así podemos resistir a un mundo entero en contra, y transmitimos ese entusiasmo a los alumnos, y por eso lo habitual es que ellos se sientan distintos y afortunados y en nuestras clases, además de traducción y etimología, suele haber teatro, mucha mitología, viajes y actividades especiales en las que ellos implican mucho.

Para empezar, son lenguas que nos sitúan en el mapa de lo que somos y de donde estamos. Igual que nuestro color de pelo se vuelve más luminoso cuando averiguamos que se lo debemos a una abuela que cantaba zarzuela, nuestra manera de desenvolvernos en el  mundo también se la debemos en gran parte al pensamiento de los griegos y a la acción de los romanos.

Los clásicos de Grecia y Roma tienen para nosotros otra gran ventaja: aunque hablaban para los hombres y los problemas de su época, hablaron para siempre, y por eso son clásicos y no pasan de moda y, ¡gracias a los dioses!, no tienen el bozal de la autocensura ni de la corrección política ni del partidismo ni del supremacismo… Así que leer, por ejemplo, la Ilíada, donde no hay un bando bueno y otro malo, sino sólo héroes valientes, nos libra de la plaga actual del maniqueísmo ideológico, que nos divide en buenos y malos; y leer Antígona nos enfrenta a los grandes dilemas que nos siguen atormentando hoy: ¿qué es más indeseable: la tiranía o la anarquía? ¿Hay que obedecer al gobernante incluso cuando se equivoca? ¿Seguir la propia conciencia es más noble que cumplir la ley? ¿La conciencia es infalible? ¿La ley de un país debe respetar las creencias de sus habitantes? ¿Debemos desenterrar a los tiranos para que mueran sin honores? ¿Hasta qué edad y hasta qué punto los hijos deben obedecer a los padres? Y un interesantísimo etcétera. Y lo bueno es que en esas obras señeras estas preguntas están planteadas en unos términos ajenos a nuestros prejuicios, lo que nos ayuda a dar respuestas más sinceras.

También creo que la gente escribiría mejor y entendería más un texto con oraciones subordinadas si hubiera estudiado un poco de latín. Cada vez estoy más convencido de que la mejor manera de entender bien el español es haber traducido alguna vez el latín.

Además, tengo la impresión de que cuanto más conozcamos los occidentales el mundo grecorromano del que venimos, más se reconciliará con el cristianismo del que lleva casi tres siglos alejándose, porque la civilización grecorromana es en muchos aspectos una prefiguración precristiana que, cuando hizo suyo el cristianismo con entusiasmo, ha dado lugar a la Cristiandad, que es donde han surgido las catedrales y las universidades y el despegue de las ciencias y los Derechos Humanos y la democracia.



El Genio, conjunto diseñado por Lorenzo Coullaut Valera, representa a un mancebo ante el cual la diosa romana Minerva (protectora de la sabiduría) reclina su cabeza, junto a otra figura agachada que representa a la ignorancia vencida. El grupo escultórico ya ha sido restaurado.

(Fotografía de José Luis Trullo)


Santiago Campo (profesor de latín y griego)

Me acerqué a través del arte. Me enamoró Miguel Ángel y el Renacimiento, luego la fuente: el Mundo Clásico.

Con 16 años decidí ser profesor, de Literatura o de Latín y terminé dedicándome a lo segundo. Durante la carrera compartí esa atracción por la Antigüedad con magníficos compañeros. Me hice con una plaza en Mérida hace 36 años y el trabajo con los alumnos en esta ciudad, transmitirles el conocimiento sobre su propio pasado, siempre fue gratificante.

Hubo dos momentos clave mucho después: conocer a Luigi Miraglia y a los fautores del latín vivo, como Antonio González Amador, hace más de 15 años, e impartir Griego, desde hace 10.

En lo personal y social, las disciplinas clásicas han llenado mi vida y me han llevado a conocer un universo cultural riquísimo y lo que hemos dado en llamar la Gēns Classica, una inmensa familia repartida por todo el mundo y unida por el amor a los clásicos, así como la República de las Letras, una patria común más allá de las patrias.

Mi vida sin Latín y Griego sería diferente, sin duda mucho más triste y mucho más pobre.



Jardines de las Delicias, Sevilla
(Fotografía de José Luis Trullo)


Myriam Perea Espinosa (profesora de latín y griego)

La docencia de Latín y Griego en la educación pública suele percibirse, desde fuera, como una especialidad “minoritaria” o incluso anacrónica. Sin embargo, esa mirada superficial oculta su enorme densidad formativa y su relevancia tanto en el plano personal del aprendizaje como en su función social dentro del sistema educativo. Lejos de ser disciplinas residuales, constituyen uno de los espacios más fértiles para la formación crítica, lingüística y cultural del alumnado.

En mi caso, no llegué a estos estudios de una manera totalmente planificada. Como muchos alumnos, en su momento yo también tuve mis dificultades con otras materias —las matemáticas, por ejemplo—, y al mismo tiempo me atraía mucho el mundo de la mitología y la historia de Roma. De esta manera, como sin quererlo, fui enamorándome profundamente de todo lo clásico hasta el punto de no querer abandonarlo nunca y hacerlo mi profesión.

Como docente, en un sistema que constantemente oprime las clásicas y que le quita importancia, debes hacer una labor de captación de alumnos contra viento y marea pues, el alumnado que elige nuestras materias es heterogéneo: desde los que las cogen como alternativas a otras, ponderaciones de ciertas carreras, hasta los que lo hacen por vocación.

De cualquier manera, al final de sus años de formación y gracias a la labor docente de los profesores de clásicas, la inmensa mayoría acaba teniéndole un especial cariño al Latín y al Griego ya que desde el punto de vista personal, el Latín y el Griego ofrecen una experiencia intelectual singular.

El contacto con el Latín y el Griego antiguo no se limita a la adquisición de estructuras lingüísticas distintas, sino que implica un entrenamiento profundo del pensamiento. Traducir, analizar y reconstruir textos antiguos obliga al alumnado a detenerse, a justificar cada decisión interpretativa y a desarrollar una atención rigurosa hacia el lenguaje. En una época marcada por la inmediatez, estas disciplinas introducen una pedagogía de la lentitud, donde pensar bien importa más que responder rápido.

Además, hay algo que suele pasar desapercibido, y es cómo estas lenguas cambian la forma en la que entiendes la tuya propia. No se trata únicamente de aprender sistemas gramaticales complejos, sino de descubrir que las lenguas son construcciones históricas y culturales. Este descubrimiento suele generar un desplazamiento importante: el alumnado empieza a comprender su propia lengua y, por extensión, su propio pensamiento. Esa toma de conciencia es profundamente personal, porque afecta a la manera en que uno se sitúa frente al conocimiento y frente a la palabra.

En el plano social, la enseñanza de estas materias cumplen una función menos visible pero decisiva ya que su práctica no trata de un ejercicio de erudición cerrada, sino de acceso directo a las raíces de conceptos jurídicos, políticos, científicos y filosóficos que siguen estructurando nuestras sociedades. Palabras como democracia, política, justicia o ciudadanía no son solo vocabulario heredado: son herencias conceptuales que se pueden rastrear y trabajar a través de textos.

A todo lo dicho, hay que sumar la necesidad de la enseñanza de las lenguas clásicas para garantizar la igualdad educativa: no todos los alumnos tienen que ser ingenieros así como tampoco debe permitirse que el conocimiento del Latín y el Griego se quede en grupos minoritarios. En este sentido, la labor docente en estas materias no sólo transmite conocimiento, sino que también actúa como mecanismo de democratización de la cultura.

Así pues, la enseñanza del Latín y el Griego no es un vestigio del pasado, sino una forma específica de pensar el presente. En lo personal, forma la atención, la paciencia y la sensibilidad lingüística; en lo social, preserva y activa una herencia cultural que sigue estructurando nuestro mundo.



Jardines de las Delicias, Sevilla
(Fotografía de José Luis Trullo)


Fátima Azahara García Bamzaham (titulada en Estudios Clásicos)

Fue el plan B. Es lo que suelo decirle a la gente cuando me pregunta por qué elegí este camino. Siempre había sentido más inclinación hacia las artes, pero la vida nunca es un camino recto y llano, y en cierto punto tuve que cambiar de rumbo. Pero no fui a oscuras, pues aún conservaba la chispa que dejó en mí mi magister cuando estudié clásicas en el instituto. Unas asignaturas se me daban mejor que otras, pero aún siendo una terrible madrugadora, las únicas asignaturas que me entusiasmaron al punto de levantarme con energía por las mañanas y ponerme en primera fila con toda mi atención fueron las de latín y griego. Así pues, cuando me vi en la situación de decidir qué camino tomar, rescaté esa chispa, que se hizo llama para alumbrarme en el camino a medida que adquiría más conocimientos al estudiar la carrera. Descubrí que eran unos saberes que lo conectaban todo, pues no era ya la afición hacia las letras, sino que su contenido y aquello de lo que hablaron los antiguos y nos dejaron por escrito fue un punto clave para la evolución humana hasta lo que somos hoy en día. Ya sea hablar de lingüística, matemáticas, teoría musical, psicología o filosofía en el sentido actual de la palabra, así como casi cualquier ámbito del conocimiento que nos venga a la mente, encuentra su conexión en el latín y el griego a través de los autores clásicos. No son ya letras por letras, es todo un mundo el que se alberga en ellas. Es por ello que quiero aportar mi granito de arena en el mundo, no haciendo grandes cosas para el desarrollo de la humanidad o para ganar crédito, sino encendiendo la chispa de la curiosidad en la gente, para que las siguientes generaciones sigan preservando la llama del amor por el mundo clásico, un mundo que siempre ha estado ahí para nosotros, a menudo en silencio.

Fue el plan B, pero a menudo las segundas oportunidades brillan con más intensidad que las primeras, y esta fue una de ellas.



Fotografía de José Luis Trullo


Athenea Yedra Jiménez (estudiante de Filología Clásica)

Mi interés por la Filología Clásica surgió de una manera inesperada. En cuarto de ESO, buscando alejarme de las asignaturas de ciencias, decidí escoger la rama de Humanidades y Ciencias Sociales, donde tuve mi primer contacto con el latín. Desde el primer momento, esta materia despertó en mí una gran curiosidad y entusiasmo, hasta el punto de que decidí cursar el bachillerato de Humanidades, estudiando tanto latín como griego. Actualmente, me encuentro en el segundo año del grado en Filología Clásica.

Sin embargo, mi interés por el mundo clásico es anterior. Desde pequeña me ha fascinado la mitología grecorromana y sentía una gran curiosidad por conocer el origen de mi nombre, Athenea, lo que me llevó a descubrir una cultura y una tradición que han terminado convirtiéndose en una auténtica vocación.

A lo largo de estos años he adquirido conocimientos sobre las lenguas y las culturas clásicas, además de desarrollar una mayor capacidad de análisis y comprensión de los textos. Considero que la Filología Clásica posee un gran valor personal, ya que me permite profundizar en aquello que me apasiona, y también un importante valor social, puesto que contribuye a preservar y comprender las raíces culturales, históricas y lingüísticas sobre las que se sustenta gran parte de nuestra sociedad actual.






 

En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.






FUENTES

Cicerón

Séneca

Gregorio de Nisa

Isidoro de Sevilla

Francesco Petrarca

Leonardo Bruni

Lorenzo Valla

Leon Battista Alberti

Guillaume Budé

Girolamo Savonarola

 Marsilio Ficino

Giovanni Pico della Mirandola

Charles de Bovelles

Antonio da Barga

Ambroise Paré

Pierre de Ronsard

Juan Luis Vives

Marco Antonio Camós

Pietro Pomponazzi

François de Rabelais

Francisco Sánchez

Cornelius Agrippa

Pierre Charron

Blaise Pascal

Alexander Pope

François-René de Chateaubriand

TEMAS

Tradición y fuentes del humanismo

[γνωθι σεαυτόν] Historia del precepto délfico: de Sócrates a Minucio Félix

De los dioses antropomorfos grecorromanos al hombre teomorfo cristiano

Poetas y sabios en la Grecia arcaica

Las razones del humanismo contra la ciencia: el caso de Sócrates

Platón y el destino del hombre

La naturaleza dual del hombre en el Asclepio

La idea renacentista de Antigüedad cristiana

La impronta cristiana en el concepto de dignitas hominis en el Renacimiento italiano

Petrarca en sus invectivas: un águila de dos cabezas

"Guiados por gracia celestial": el humanismo cristiano y el legado grecolatino

La batalla del ciceronianismo en el Renacimiento italiano

La cultura del parricidio. La Modernidad contra la tradición

Humanismo renacentista y humanismo marxista

Humanismo y existencialismo

Humanismo y tradición a la luz de la hermenéutica

Del anti-humanismo al humanismo del otro hombre



OBRAS Y AUTORES

Sócrates: un enigma ante el espejo

Cicerón, padre del concepto humanitas

El humanismo de Publilio Siro en sus sentencias

Petrarca, ¿humanista cristiano?

Salutati y la naturaleza de la sabiduría humana

Juan de Lucena y el De vita beata

Janus Readers: los lectores de Panonio

La noción de la felicidad del hombre en el Palinurus de Maffeo Vegio

Ficino: religión cristina y teología humanista

Erasmo: "Monachatus non est pietas"

Rudolph Agricola, "padre" del humanismo germánico

Castellio y la idea de tolerancia en el siglo XVI

En torno a los diálogos de Antonio Brucioli

Comenius y la disciplina de hacerse humano

Los humanismos del Quijote

Los Discursos filosóficos sobre el hombre, de Juan Pablo Forner


REFLEXIONES

Volver al hombre

La tradición traicionada

Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo

Sobre la utilidad y el perjuicio del saber para la vida

Rehumanismo contra antropoclastia. Diez notas distintivas del hombre

Razón humanista frente a ideología humanitaria 

Conocimiento y dignidad humana en el siglo XXI

Humanismos del siglo XXI

Posthumanismo: el suicidio asistido de Europa

En defensa del viejo humanismo


ENTREVISTAS

Luis Frayle Delgado 

Jesús Cotta

Carlos Marín-Blázquez

Armando Pego Puigbó

Javier García Gibert

Javier Recas

Antonio Barnés

Manuel Neila



RESEÑAS












VÍDEOS