Francesco Petrarca: Invectiva contra un médico (1355)

 




José Luis Trullo.- Esta fue la primera invectiva que escribió Francesco Petrarca, a raíz de un encontronazo con uno de los médicos que atendían al papa Clemente VI. El sumo pontífice cayó enfermo, en diciembre de 1531; cuando parecía que se recuperaba, Petrarca le hizo llegar una epístola (Seniles, 16, 3), fechada en febrero de 1352, en la cual le animaba a desprenderse de la cohorte de médicos que le rodeaba y se quedase con uno solo; el papa le pidió que se explicase con mayor extensión, cosa que hizo el poeta (Familiares 5, 19) al mes siguiente. Esta carta motivó una agria respuesta por parte de uno de dichos médicos, lo cual, a su vez, provocó que Petrarca le enviase una misiva que, convenientemente remozada y ampliada con una segunda respuesta por su parte, acabó convirtiéndose en la Invectiva contra un médico, datada en el año 1355. En ella, que examinaremos después, el poeta se decanta por el arte de la retórica frente a la técnica ‘mecánica’ y deshumanizada de la medicina, tal y como se practicaba en su época. Ahora bien, no es la dialéctica propia de los escolásticos la que defiende, sino una discursividad edificante de carácter poético. Petrarca, tras despreciar abiertamente a su oponente dialéctico e incluso llegar a negar que se considere a sí mismo “poeta”, defiende la dignidad intelectual y teológica de la poesía, advirtiendo que los Padres de la Iglesia recurrieron a ella para fortalecer sus argumentos. Destaca el autor que los poetas, tradicionalmente, han admitido su creencia en la existencia de “un solo Dios omnipotente, creador de todas las cosas y que todo lo realiza y gobierna”. A la acusación, por parte del médico, de no haber leído a Galeno, Petrarca cita al romano Mario, quien afirmó no conocer el griego “porque me molesta aprender cosas que en nada ayudaron a la virtud de quien las enseña”; él, por su parte, se congratula de no haber leído literatura médica a la visa del nulo beneficio que le ha reportado a su interlocutor. De hecho, le acusa de “engañar” a sus pacientes, e incluso de “matarles” (ammazzare).

Emprende entonces Petrarca una argumentación en torno a la “utilidad” de la poesía, advirtiendo que lo elevado no siempre es lo más práctico a efectos inmediatos, y que “el populacho quizás necesita más escuelas filosóficas y menos carnicerías”, separando “lo noble” de “lo indispensable”: “El asno es más indispensable que el león, la gallina que el águila, pero los segundos son más nobles”.

Petrarca no deja pasar la ocasión de insultar a los médicos; les califica, por ejemplo, de “imbéciles presuntuosos, llenándose siempre la boca con Aristóteles, quien no dudo que si pudiera elegir preferiría estar en el infierno con en vuestros discursos”; y, en un ardid retórico notable, les recuerda que el propio Estagirita, al hablar de la filosofía, afirmó en su Metafísica que, comparada con las demás actividades humanas, “todas son más necesarias, pero ninguna más noble”. Prosigue Petrarca su defensa de la poesía frente a los ataques del médico (quien, al parecer, niega que forme parte de las artes liberales) apelando a Homero y a Virgilio, y frente a su acusación de la mudabilidad de la poesía, recupera la frase de Horacio que, en su Epístola a los Pisones, o Arte poética, afirmaba: “Muchas palabras renacerán que ya han muerto, y morirán aquellas que ahora son honradas, si así lo dispone el uso, que es la ley, regla y norma del hablar”. Y tras, aducir ejemplos extraídos de la literatura clásica, concluye: “Las palabras cambian, las cosas permanecen, y es sobre estas sobre las que se fundan las ciencias”.

Le pasma a Petrarca que un médico que se califica a sí mismo de “aristotélico” no tenga en mente la Poética del Estagirita, en la cual comenta a Homero, y que fue traducida en su momento por Cicerón e influyó decisivamente en las tragedias de Séneca. Además, le recuerda que el gran estadista ateniense Solón también fue un excelente poeta.

Que Petrarca concibe su invectiva como un texto que trasciende la ocasión para buscar un destino más ambicioso queda claro cuando afirma que “no hablo para ti sino para el lector, a quien deseo resultarle tan simpático como odioso a ti”.

A pesar de defender la dignidad de la poesía y de la filosofía, no niega Petrarca que en esta última también hay elementos deleznables, como Epicuro y sus seguidores: “Merece elogios la filosofía, pero todo toda; hay que alabar la verdadera y maldecir la falsa”, recordando que tanto San Pablo como San Agustín previnieron contra los falsos filósofos, defendiendo en cambio a autores como Platón, a pesar de ser pagano.

Tampoco Petrarca defiende toda la poesía: condena, por ejemplo, la dramática. Y es que nuestro autor admite que tanto los poetas como los filósofos antiguos, en ocasiones “desbarraban en sus meditaciones”; su explicación es que, “antes del advenimiento de la verdad [es decir, del nacimiento de Cristo], el error gozaba de cierta libertad”, si bien en épocas posteriores siguió sufriendo todo tipo de ataques, en referencia a las herejías.

Le espeta a su interlocutor que admire a “Quien otorga la sabiduría y distribuye sus dones según su voluntad, concediendo a unos ser superiores en número y a otros, sobresalir por su excelencia”; de hecho, está dispuesto a admitir que “los médicos son más numerosos y necesarios que los poetas; es más, los poetas se jactan de ser menos numerosos y menos necesarios que los médicos”. Y añade a renglón seguido: “en la poesía se da este hecho singular: que mientras la mediocridad es admitida en todas las artes, en ella no lo es” pues, según afirmaba Horacio, “a los poetas la mediocridad no se la toleran ni los hombres, ni los dioses”.

Frente a la excelencia de poetas y filósofos, Petrarca opone a los “mecánicos”, entre los cuales incluye tanto a los campesinos como a los médicos, desde el momento en que unos y otros  contribuyen al mantenimiento del cuerpo. En cualquier caso, afirma, “venga de donde vega, para hacer frente a nuestras necesidades la ayuda, en última instancia, procede de Dios”, y debemos aceptarla “con gratitud y reverencia”. Así pues, “tanto si Él nos ha concedido la gracia de la salud como si nos la ha devuelto un médico experto o una anciana experta en hierbas medicinales, el arte y la salud son dones de Dios”. Por lo tanto, “nada he de decir en contra de la medicina”, sino exclusivamente contra su interlocutor “y quien a vos se asemeje”.

Por último, quiere defenderse Petrarca de las acusaciones de regodearse en la oscuridad, “como si tratase de privar del conocimiento exacto de las cosas a las personas de escasa comprensión”. Se defiende el autor aduciendo los ejemplos de Platón y de Aristóteles como filósofos que “habrían podido expresarse con mayor claridad”, ello “por no hablar de Heráclito, apodado el oscuro”. Y añade: “¿Y qué decir de la palabra divina? [...] ¡Qué oscura e intrincada es muchas veces la palabra de Dios! Dado que de ella proviene ese Espíritu que creó el Universo y a los propios hombres, ¿no habría podido, de haber querido, hallar palabras nuevas y servirse de otras más claras?”. Para explicarla, acuda al libro XI de La ciudad de Dios, donde San Agustín la justifica porque de este modo puede y debe ser interpretada por los hombres, y no acogida ciegamente, y a Gregorio de Nisa, quien en un comentario al libro de Ezequiel la pondera porque “agudiza el ingenio”, de manera que “cuando mayor es el esfuerzo para entenderla, tanto mayor el placer que reporta”. En el ámbito de la poesía, la oscuridad está justificada porque va dirigida a los pocos; la considera como una distinción y no como un demérito, y no es un fin en sí misma sino el fruto de su “profundidad”.

En un salto argumentativo algo forzado, Petrarca rememora entonces a los “primeros teólogos” que, efectivamente, fueron poetas, aunque entre ellos cita a Orfeo, una figura mítica. Les elogia por “aspirar a coronar la cima de verdad por todas las vías posibles”, recorriendo el camino inverso que va desde las criaturas “a la razón primera de las cosas, y de ahí a la noción de un único Dios”, desechando la creencia en “los falsos dioses venerados por el crédulo populacho”; es más, Petrarca afirma que “solo un loco podría adorar a adúlteros y tramposos”, un argumento que ya postulaba Jenófanes a finales del siglo VI a. C. Para explicar por qué los poetas y filósofos antiguos, aun columbrando que los dioses de la mitología eran falsos, no lo denunciaban con mayor énfasis, se escuda Petrarca en que no lo hicieron por “miedo”; y lo cierto es que Anaxágoras fue acusado de impiedad y tuvo que exiliarse de Atenas por haber afirmado que el sol no era más que una piedra incandescente... En cualquier caso, si alguno llegó a creer en ellos de corazón, “no fue por culpa de la poesía sino de la naturaleza humana”; “de la época en la que vivieron y de su propio entendimiento, y no del arte”.

Llama la atención que, hacia el final de la invectiva, Petrarca admita que “contra las flechas” de su interlocutor habría bastado con “reír, callar y no hacer aprecio”, pues “no hacían falta más palabras”. Sin embargo, no le fue posible contenerse para evitar que el médico se jactase de “haber aplastado a las musas y aniquilado los estudios literarios”. Ante dicho perspectiva, y frente a la opción de “no responder al imbécil para no incurrir en su misma imbecilidad”, el “sabio” [sic] repone: “Responde al imbécil para evitar que lo pueden tomar por inteligente”. Y prosigue Petrarca: “El primer argumento me inducía a callar, el segundo a hablar”. Y le reprocha a su oponente el no haberse apercibido de su propia ignorancia, pues “conocer los propios defectos y sentir desasosiego ante ellos es el primer paso para superarlos”: es esta incapacidad suya la que le llevó a “poner en peligro la propia fama” para interceder en favor de la verdad y rebatir sus supercherías.

Aun con todo, Petrarca admite de nuevo no considerarse poeta y ni siquiera leerlos ya, a su edad. Ante la pregunta retórica de a qué se dedica, entonces, responde: “A corregir mis errores del pasado” y “a tratar de ser mejor”; consciente de su impotencia, “pido la ayuda del Cielo y me apasiono por las Sagradas Escrituras”. Aparte, “escribo aquello que podrán leer aquellos que nacerán después de mí y, contentándome con algún que otro aplaudo, desprecio a la masa de los cretinos. Si, por la gracia de Dios, logro lo que me propongo, tanto mejor; de lo contrario, que se me valore la buena voluntad”. A su oponente, en cambio, le acusa de seguir en la vejez como cuando era joven, recurriendo a “vanos silogismos” que a nada conducen. Este asunto, el de la función de la retórica y de la oratoria para la medicina, ocupa a Petrarca varios párrafos, que podrían resumirse con el refrán español: “zapatero, a tus zapatos”: el médico debería dejar las palabras a quien saber usarlas como se debe, es decir, a los oradores y a los poetas.

A su acusación de que sus opúsculos más parecen “homilías”, se defiende Petrarca recordando que la palabra significa, etimológicamente, “discurso al pueblo”, pero que él a la gente común nada tiene que contarle: “me dirijo a ti, ignorante, para ver si consigo arrancarte, ya que no la ignorancia, al menos la soberbia”. Además, le acusa de escribir mal y de perderse en sutilezas huecas, de manera que se merece “no solo castigarte, sino quemarte vivo” (!), “y para eso no bastan las palabras, se necesita la fusta”. Llega hasta el punto de espetarle: “Querido médico, haces demasiadas locuras. Créeme, querido médico, necesitas un médico. Lo extraordinario es que no haya uno que quiera curarte. Estimo que resultas antipático a todo el mundo, y que todos te querrían ver muerto”.

Ante la afirmación, por parte de su interlocutor, de que “de la mano de la medicina y de la ética aprendemos a vivir como se debe”, Petrarca manifiesta su rechazo y afirma: “Para vivir como es debido, la medicina no vale más que la agricultura, tal vez menos” y aduce que “durante muchos siglos se vivió sin sombra de médicos. Y quien no lo hizo bien no fue por su ausencia, sino porque no conocían a Quien otorga la vida eterna”. Y añade: “Ni siquiera la ética puede proporcionar lo necesario para vivir como es debido, ya que esto depende de un poder mucho más grande”, si bien no rechaza que todas las artes y las técnicas, de un modo u otro, “no digo que nos proporcionen el secreto de la buena vida, pero sí nos ayudan a vivir convenientemente”. Tanto desprecia Petrarca a su oponente, que le acusa de dedicarse a la medicina exclusivamente “por el dinero”.

Para concluir, Petrarca afirma que “dado que el alma racional, si no se ha visto privada del sentido, gobierna el cuerpo y este le obedece, del mismo todas las artes concebidas para el alma ostentan el poder sobre las que se cuidan del cuerpo, y estas obedecen”; de este modo, se inclina por la superioridad del espíritu sobre la materia y de la poesía y la filosofía sobre otras técnicas de índole meramente “mecánica”.




En HUMANISTAS rompemos una lanza por la tradición occidental, con sus claroscuros inclusos, para defenderla de los ataques que viene recibiendo en los últimos tiempos desde múltiples instancias, con la abierta intención de cancelarla o, al menos, neutralizar la influencia de su vigoroso legado sobre las generaciones presentes y futuras. Creemos los clásicos configuran el marco conceptual válido dentro del cual debemos seguir moviéndonos, y que sin ellos nuestra sociedad está abocada a la autodestrucción.



FUENTES

Cicerón

Séneca

Isidoro de Sevilla

Leonardo Bruni

Lorenzo Valla

Leon Battista Alberti

Guillaume Budé

Girolamo Savonarola

 Marsilio Ficino

Giovanni Pico della Mirandola

Charles de Bovelles

Antonio da Barga

Ambroise Paré

Pierre de Ronsard

Juan Luis Vives

Marco Antonio Camós

Pietro Pomponazzi

François de Rabelais

Francisco Sánchez

Cornelius Agrippa

Pierre Charron

Blaise Pascal

Alexander Pope

François-René de Chateaubriand

TEMAS

Tradición y fuentes del humanismo

[γνωθι σεαυτόν] Historia del precepto délfico: de Sócrates a Minucio Félix

De los dioses antropomorfos grecorromanos al hombre teomorfo cristiano

Poetas y sabios en la Grecia arcaica

Las razones del humanismo contra la ciencia: el caso de Sócrates

Platón y el destino del hombre

La naturaleza dual del hombre en el Asclepio

La idea renacentista de Antigüedad cristiana

La impronta cristiana en el concepto de dignitas hominis en el Renacimiento italiano

"Guiados por gracia celestial": el humanismo cristiano y el legado grecolatino

La batalla del ciceronianismo en el Renacimiento italiano

La cultura del parricidio. La Modernidad contra la tradición

Humanismo renacentista y humanismo marxista

Humanismo y existencialismo

Humanismo y tradición a la luz de la hermenéutica

Del anti-humanismo al humanismo del otro hombre



OBRAS Y AUTORES

Sócrates: un enigma ante el espejo

Cicerón, padre del concepto humanitas

El humanismo de Publilio Siro en sus sentencias

Petrarca, ¿humanista cristiano?

Salutati y la naturaleza de la sabiduría humana

Juan de Lucena y el De vita beata

Janus Readers: los lectores de Panonio

La noción de la felicidad del hombre en el Palinurus de Maffeo Vegio

Ficino: religión cristina y teología humanista

Erasmo: "Monachatus non est pietas"

Rudolph Agricola, "padre" del humanismo germánico

Castellio y la idea de tolerancia en el siglo XVI

En torno a los diálogos de Antonio Brucioli

Comenius y la disciplina de hacerse humano

Los humanismos del Quijote

Los Discursos filosóficos sobre el hombre, de Juan Pablo Forner


REFLEXIONES

Volver al hombre

La tradición traicionada

Entre el suelo y el cielo. Retorno al humanismo

Sobre la utilidad y el perjuicio del saber para la vida

Rehumanismo contra antropoclastia. Diez notas distintivas del hombre

Razón humanista frente a ideología humanitaria 

Conocimiento y dignidad humana en el siglo XXI

Humanismos del siglo XXI

Posthumanismo: el suicidio asistido de Europa

En defensa del viejo humanismo


ENTREVISTAS

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