DESCONSTRUCCIÓN DE 'MELANCOLÍA I' DE DURERO
Gonçal Mayos.- Consideramos el grabado más famoso de Durero como un verdadero e impresionante poesofema, cuya desconstrucción creativa sintetizamos brevemente. Así, proponemos una interpretación que es del todo compatible con la descripción precisa del grabado.
Con aspectos hermetistas y filosóficos, Durero construye el famoso grabado como lo que consideramos un poesofema de alta concentración cultural. Durero relaciona agudamente la melancolia con la interrupción del flujo cotidiano de las cosas. Es un estadio o estado de ánimo que elude toda actividad pero –al mismo tiempo– también la alude y la tiene presente.
La melancolia es pues algo profundamente paradójico: una actividad inactiva. Es una pausa 're–flexiva' que a veces se confunde con simple pasmo, estupefacción, aturdimiento y desmayo. Pues inevitablemente paraliza todo trabajo y cualquier esfuerzo que no sea una quieta pero torturante re–flexión. Es cierto pues que, por una parte, que la melancolía los elude angustiosamente. Pero por otra parte ¿los detiene para siempre?
O más bien, abriendo la necesaria reflexión. ¿Sobre qué? es un misterio muy molestoso mientras dura la melancolía y su necesaría epojé, es decir: suspensión o abstención... de cualquier urgencia y actividad. Pero esos embotamiento y apatía sobrevenidos y muy probablemente necesarios abren la posibilidad de algo otro y totalmente diferente: una disrupción, un destino, un ir más allá o una concepción.
Paradojalmente, del momento triste, nebuloso, saturnino, desconcertado y desconcertante, angustiado y lleno de tinieblas que indica la negritud aludida en la etimología de melancolía, ¡surge lo contrario! por ejemplo una actividad iluminada por un designio, una idea, un impulso, un proyecto, una anticipación, un sueño, un anhelo...
Por eso el más famoso grabado de Durero –que además es quizás el más famoso grabador– juega brillantemente con aludir a una enorme actividad y ajetreo, ¡ahora mismo interrumpida, eludida, bloqueada y desaparecida! Pues la melancolía és una actividad inactiva o una pasividad profunda y sutilmente muy activa.
¡Por eso Durero construye el enormemente abigarrado escenario del grabado! Lo más paradójico y brillante del grabado es el contraste brutal entre –por una parte– su notable 'horror vacui', es decir rechazo a dejar espacios vacios y sin significado en el más minúsculo rincón... Con –por otra parte– la inactividad, pasividad, apatía, estupor, reposo e inacción que preside todo el espacio disponible, colmado de instrumentos, artefactos técnicos y símbolos de trabajo científico.
Porque la característica esencial de la melancolia que va a destacar Durero (y nosotros con él) es la interrupción de toda actividad, que es absoluta por lo que respecta al instante mostrado, pero que todo indica que no lo ha sido en momentos anteriores ni lo será en los posteriores. Por tanto la melancolía, la pasividad, el silencio, la paz, la tranquilidad e incluso el aburrimiento que vemos, no es la paz de los cementerios.
La melancolía no es muerte ni olvido, sinó el milagro de la regeneración. La melancolía es una crisálida que yace, aparentemente quieta, dentro de su capullo de seda, pero que se está preparando para devernir mariposa, romperlo y volar. Por eso el filósofo suele ser asociado al melancólico, al estadio del pensamiento que se corresponde con la crisálida embotada o 'pupa' en la metamorfosis de los insectos.
La melancolía –como la filosofía– no es pasividad eterna y, por eso el grabado, aunque carece y elide cualquier actividad, al mismo tiempo alude a ella y está todo él rebosante de sus signos. Por eso Durero nos presenta un escenario técnico lleno a rebosar de instrumentos, erramientas y cachibaches tecnológicos que ahora mismo no están siendo usados, pero que se presentan mostrando que lo han sido en un momento anterior no muy lejano. Al igual que el inmenso arco iris del fondo sugiere un antes lluvioso, todo el grabado muestra el desorden típico de un lugar de trabajo y de actividad productiva.
Es cierto que los dos ángeles están sentados distraidos, el perro dormitando, los innúmeros objetos abandonados, el mar en absoluta calma, ¡ni viento hay! Pero, en medio de la declinante luz del atardecer de un sol totalmente fuera de foco, dos puntos refulgen poderosos y sugieren una energia creativa y mobilizante pero ahora mismo interrumpida, bloqueada, eludida y esperando el momento adecuado para manifestarse. Son el cometa con su larga y reluciente cola y la mirada brillante y decidida del arcángel.
Los cometas siempre han presagiado acontecimientos importantes, han sido mensajeros de los dioses y oráculos de hechos decisivos. Pero queremos destacar sobre todo la fuerza de la mirada del arcángel que indica descontento, insatisfacción, malestar, añoranza y rebelión por la situación de pasividad, embotamiento e impasse que preside todo el grabado e incluso a él mismo: con sus inmensas alas, la corona que ciñe su cabeza... y su mirada irada. Si se atiende a la mirada del arcángel en primer plano e iluminada fuertemente, se percibe que éste puede activarse en cualquier momento.
Pues, la melancolía no es siempre nostalgia añorada y entregada, sino que muchas veces es reflexividad insatisfecha, aburrimiento hastiado de sí y deseo de crear. Es temporalmente pasiva en lo físico y quizás incluso en el entusiasmo, pero no necesariamente en el espíritu. Pues la melancolía incita a la creatividad y la innovación en tanto que momento de ensoñación dentro del cual aparecen las grandes ideas disruptivas. Por eso el arcángel que preside el grabado de Durero está sentado aparentemente pasivo y distraído pero sus ojos centellean mirando un horizonte elevado que sólo él ve, su ceño está dolorosamente fruncido y su espíritu parece pronto a mobilizarse.
En los filósofos, la melancolía es un estado de ánimo que –ciertamente– suele interrumpir la acción y abstraerse del contexto inmediato, pero lo hace a cambio de proyectar el pensamiento hacia reflexiones abstractas, anticipaciones ensimismadas, aspiraciones a concretar, conceptualizaciones disruptivas y proyectos de futuro. Por eso, aunque la melancolía es propia de soñadores distraídos, reflexivos y con caracteres taciturnos, también es verdad que esos mismos –cuando han conseguido concretar sus anhelos– pueden revelarse muy activos, alegres e –incluso– apasionados en la prosecución de sus sueños. Como la quietud profundamente inquieta del ancángel.
El melancólico es distraido, pasivo y aburrido cuando todavía no consigue concretar sus sueños. Y por eso entonces anda perdido en sus ensoñaciones. Pero cuando aquellos devienen proyectos efectivos y afectivos suele perseguirlos más allá del arco íris y de la cola del cometa. Entonces el brillo de la mirada se contagia a su alma y el arcángel se levanta mobilizándolo todo de nuevo a su alrededor.
Ya solo volverá a ser tópicamente meláncólico cuando el ánimo inspirado y el impulso creativo lamentablemente le vuelvan a abandonar. Pues quien ha conocido el genio, lo hecha mucho más profundamente en falta, cuando desaparece, que aquél que nunca lo ha sentido en sí.
Por tanto, la melancolía es un estado de ánimo más bien temporal que no permanente. Es una tendencia que el melancólico suele manifestar de forma reiterada o recurrente pero no necesariamente para siempre y sin alternativa. Pues no hay que confundir al melancólico ni al filósofo con el rendido, el abandonado, el completamente derrotado o el eternamente deprimido, estados que tan solo serían un grado extremo y mortal.
Los ojos radiantes del arcángel de Durero muestran –pues– la creatividad de la melancolía que –para el genio, el artista y el creador– puede ser el momento idóneo para llevar a cabo una auténtica tormenta de ideas y así romper la calma y pasividad del mundo. El padre de la medicina, Hipócrates, asoció la melancolía al humor saturniano, a la bilis negra y a la tendencia recurrente hacia la meditación filosófica y a un cierto abandono del mundo. Pero, como sugiere el grabado y poesofema de Durero, el melancólico que no se ha rendido siempre aspira a retornar al mundo, a cambiarlo y –cuando lo intenta– puede mostrarse muy activo e incluso lleno de entusiasmo.
Por eso, todos los revolucionarios han sido también melancólicos porque –para cambiar el mundo– hay que retirarse momentáneamente de él cuando se echa de menos un proyecto vital estimulante, cuando se lo ve tambalearse o mientras tanto se lo renueva. Pues, sólo en el retiro melancólico, los humanos pueden verdaderamente retomar fuerzas, planificar racionalmente la estrategia, adquirir la mirada fulgurante del arcángel de Durero y emerger con fuerza para arrastrar a la gente y el mundo a una actividad más ilusionadora, eficaz y frenética.
Sólo entonces (como indica Durero en su grabado), el melancólico recupera la fuerza del espíritu, señala el camino como un cometa y moviliza a los querubines aburridos, a los galgos cansados e incluso a los utensilios inertes, convirtiéndolos en armas revolucionarias en la transmutación de un mundo que –así– deja de estar paralizado, fosilizado y muerto.
Es por ello que el grabado presenta un escenario de atardecer, en claroscuro y bajo las últimas luces del día. Por eso los rayos del Sol llegan casi horizontalmente y por la izquierda enfocando el arcángel en primer plano y sentado en una especie de pequeño escalón. Deslumbran los pliegues iluminados de sus faldas, junto con las zonas izquierda del brazo, del hombro, de su ala, de sus ojos y de los nudillos donde reposa la cara, todo ello en fuerte contraste con las sombras que ocultan las zonas equivalentes a su derecha.
Por eso cuesta ver también la cara del ángel, lo que tiene en su regazo y en la mano derecha. Sin embargo y gracias a ello, Durero consigue que fulgure eléctricamente su mirada, haciendo que la fuerza en los ojos del arcángel nos permita entender que la inactividad es una circunstancia del presente pero no necesariamente del pasado inmediato ni del futuro. Que es lo que anuncian el cometa e incluso el arco iris.
La luz rasante hace brillar también una esfera y las partes que toca de un perro tumbado, de un gran poliedro y de muchos utensilios dispersos por el suelo. Evidentemente esa luz da de lleno y destaca la campana, el reloj de arena y la balanza colgados en la pared de la torre en torno a la cual se reúne el primer plano de la escena. Ello incluye una escalera de madera, junto a la cual hay una gran rueda de molino y sobre la que está sentado un querubín del que vemos brillar pequeñas partes de la izquierda de la frente, del antebrazo y de la pierna.
Lejos hay un magnífico arco iris e, iluminadas desde detrás de la torre, destacan partes de un pueblecito marítimo, del mar y de unas montañas. Ya no con luz reflejada sino propia, brilla irradiando todo el cielo un cometa con su enorme cola. Por decisión del artista, también lucen claramente las alas desplegadas de un murciélago con el nombre del grabado 'Melencolia I'.
Toda la escena está extremadamente quieta, con el cielo y el mar absolutamente en calma. Ahora bien, la enorme presencia de un arco iris, incoloro por la creciente oscuridad del atardecer, indica que poco antes ha llovido y que, tal vez, ha habido tormenta. Pero ahora mismo, la más absoluta pasividad preside las dos figuras angélicas comentadas, que están sentadas inmóviles e indiferentes a los muchos utensilios desperdigados.
Pues todo alrededor de la torre muestra una gran quietud: la escalera apoyada, la balanza perfectamente equilibrada, el reloj de arena paralizado justo en medio de su vaciarse, la campana (¿de alarma?) absolutamente silenciosa y el cuadrado mágico de 4x4 números que siempre suman 34 en vertical, horizontal y diagonalmente. Son elementos todos ellos que sugieren la tranquilidad y el equilibrio perfecto que se produce cuando se impone la paz después de una tormenta y el mundo se toma un descanso de cualquier movimiento, desazón e –incluso– conflicto físico.
Ahora bien, el hecho de que el espacio esté lleno de objetos técnicos desperdigados desordenadamente en torno a los dos ángeles, como si hubieran sido usados hasta que fueron abandonados con cierta despreocupación, pone de manifiesto que hubo un momento previo de mayor actividad. En el grabado podemos reconocer un compás, una piedra de molino, un horno de alimentación automática o athanor ¡que todavía está encendido!, un poliedro –Jaume Mayos ha demostrado que está en proceso de ser exculpido– con un martillo en el suelo, una esfera, un cartabón, un par de pinzas, un ribote, una sierra de mano, una regla, tres llaves y una especie de jeringa.
Ciertamente, ambos ángeles son silenciosamente ajenos a todos esos instrumentos; distraidos, el uno juega con una pequeña pizarra y el otro con un libro y un compás. No obstante, tampoco hay en ellos paz, ni conformidad, ni adormecimiento, sino melancolía. En el querubin, está mezclada con cierto aburrimiento y 'ennui de vivre', pero el arcángel muestra una intensa y sorprendente determinación en la mirada.
Insistimos en la dualidad que domina al arcángel, pues su expresión es taciturna y ensimismada, pero también levanta una mirada viva donde relumbra el blanco de sus ojos muy abiertos. A diferencia del querubín, del perro, etc. muestra una gran tensión espiritual que indica que –en cualquier momento– podría levantarse repentinamente y romper la calma tensa que lo domina todo.
El arcángel lleva un vestido lujoso, aterciopelado, que refleja fuertemente los rayos del Sol y –en su frente– luce una guirnalda que parece coronarlo como artista y genio. Puede ser una referencia al propio Durero ya que muestra coincidencias con algunos autorretratos –p.e. el pelo largo–, pero la oscuridad de la cara impide ir más allá en esta interpretación.
Como hemos dicho, tiene sobre el regazo un libro, un compás en la mano y un juego de llaves y una bolsa en el cinturón, pero no les presta atención porque –mientras apoya la mejilla en la mano– levanta la mirada añorando la inspiración que, de momento, le ha abandonado, pero cuyo genio justifica la girnalda que le corona.
También abstraídos en sí mismos, pero subordinándose, haciéndole compañía y esperándole para activarse están el querubín gordito y el galgo escuálido y envejecido que duerme acurrucado en el suelo. Les rodean los utensilios y herramientas que insinúan anteriores momentos de intensa actividad técnica e intelectual, pero que ahora no despiertan ningún interés.
Todo ello contrasta con la mirada hiriente del arcángel que domina la escena y parece molesto por la pasividad a que se ve condenado. Pero en absoluto parece resignado y su mirada es el contrapeso de toda la escena que alude a momentos más activos y creativos pero que ahora están oscurecidos por su ausencia. Ahora bien, la enorme cantidad de artefactos y erramientas, grabados con gran detalle y realismo indica que su presencia no es accidental. Tampoco están llenos de polvo o telarañas, ni son restos de un pasado ignoto.
Muy al contrario, a pesar del desorden, todos están prestos para ser usados, como seguramente lo fueron en tiempo reciente. ¡Incluso el pequeño horno brilla porque está encendido, en funcionamiento y arde! No se ha posado en ninguno de ellos el más mínimo polvo, aunque ciertamente, la escena muestra un parón en la actividad y en la creatividad, que sería la causa de la melancolía que el grabado de Durero describe genialmente.
Pero evita presentarla nostálgicamente como algo polvoriento, con telarañas, definitivamente abandonado y perdido para siempre en el pasado. Más bien al contrario, todo permanece como se lo dejó poco tiempo antes y por tanto preparado para nuevos usos. ¡Sólo falta un nuevo designio que parece nacer en los ojos iluminados del arcángel! Si es verdad que ahora mismo la actividad ha cesado, que se han abandonado los trabajos a medias, que ya no se utilizan las herramientas e –incluso– que no se les presta atención; también lo es que la melancolía nace de la añoranza de la inspiración, del genio y de la actividad frenética.
Y todo eso se concentra en la mirada refulgiente y hacia arriba del arcángel, pero también en el cometa con su larga cola e incluso en el inmenso arco iris. Ellos simbolizan y anticipan el retorno de la inspiración y de la actividad que –ahora tan solo están aludidas en ausencia y melancólicamente–, pero que –por eso mismo– proclaman un vacío estridente que debe ser necesariamente llenado.
Gonçal Mayos es profesor de Filosofía en la Universitat de Barcelona.
François-René de Chateaubriand
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